lunes, 15 de septiembre de 2014

EL CAVIAR VERDE FILIPINO



En las fotos de esta entrada aparece otra delicatesen típica de la gastronomía filipina. Se le suele llamar caviar verde o uvas del mar, pero en realidad se trata de un tipo de alga marina llamada lato en tagalog, o caulerpa lentillifera si alguien está interesado en saber su nombre científico. Crece en los mares de todo el archipiélago, sobre todo en la zona de las Visayas y Mindanao, e incluso existen varias fábricas dedicadas a su cultivo y posterior exportación a lugares como Japón y Estados Unidos.

Se encuentran en cualquier palenke o mercado callejero, aunque también las puede coger uno mismo con unas gafas de bucear y un cuchillo ya que crecen a muy poca profundidad. Su mejor época es la temporada seca entre Octubre y Mayo, durante la temporada lluviosa en plena estación de monzones la salinidad del mar disminuye bastante y consecuentemente afecta a la calidad y el sabor del lato.

Y prepararlas para la mesa es muy sencillo, no hace falta ser un experto cocinillas. No hay más que lavarlas bien en agua dulce teniendo cuidado de no romper sus bolitas verdes y ya están listas para degustar. Resultan exquisitas con vinagre y limón, o también en ensalada con algo de tomate y cebolla. Son un perfecto acompañante para cualquier plato de pescado o marisco y es un verdadero placer para nuestro paladar sentir cómo explotan sus bulbos dentro de nuestra boca mientras sentimos su sabor fresco y jugoso.

Además, su contenido esta lleno de ventajas para nuestro organismo. Son ricas en yodo, magnesio y calcio, y según parece ayudan a reducir la tensión alta, evitan problemas de tiroides y hasta ataques al corazón. Al menos de lo que estoy seguro es que el lato me encanta, tan sólo había probado alguna vez algas marinas en restaurantes japoneses y la verdad es que no me habían hecho mucha gracia, pero este caviar verde me vuelve loco, mucho más que el caviar real.

lunes, 1 de septiembre de 2014

PELEAS DE GALLOS EN FILIPINAS


Nunca había tenido ningún interés en acudir a ver en directo una pelea de gallos, no me gusta ver el sufrimiento de estos animales en una batalla parecida a la de los antiguos gladiadores romanos, jugándose la vida al cincuenta por ciento para el regocijo y desparpajo del público presente.

Pero para conocer a fondo Filipinas hay que empaparse de todas sus aficiones, cultura, folklore y tradiciones. Y para los pinoys, estas peleas son consideradas, junto al baloncesto, el "deporte" nacional del país. Cada ciudad, pueblo, barrio o barangay tiene su propia gallera, un ring más o menos circular rodeado de su correspondiente graderío para acomodar a los asistentes y apostantes.

Como otras muchas tradiciones filipinas, las peleas de gallos son una herencia de la colonización española, y a pesar de estar prohibidas en casi todo el mundo aquí son totalmente legales, no hace falta que se celebren de forma clandestina, con lo que son anunciadas en carteles, megáfonos e incluso periódicos. Es fácil saber de antemano en qué lugar se va a disputar una buena pelea.



Ser criador de gallos es un negocio floreciente para muchos filipinos, aunque naturalmente hay que tener al menos unas cuantas decenas, teniendo tan sólo dos o tres los perderían rápidamente en un par de combates. Y entrenarlos y mantenerlos a tono también cuesta su dinero, dicen que un criador cuida más a sus animales que a su familia.

Hasta sus primeros combates los gallos son mimados por sus dueños. Se les suele alimentar a base de maíz, verduras y granos de avena remojada para que mantengan un equilibrio apropiado de humedad en sus tejidos. También se les da pan con leche, arroz, cebada y mucha agua fresca.

También tienen mucha importancia las visitas periódicas al veterinario para hacerles unas revisiones más propias de deportistas y mantenerlos desparasitados. Incluso llegan a doparlos, o al menos los atiborran de fármacos y vitaminas para mejorar su elasticidad, resistencia y ese impulso extra que necesitan a la hora del combate.



Estando en El Nido, al norte de la isla de Palawan, nos enteramos de que iba a tener lugar ese domingo una buena pelea en la gallera de un pequeño pueblo situado a unos diez kilómetros de nuestra casa. Se celebraban las fiestas patronales de esa zona y el combate era la actividad estelar de su programa. Iría mucha gente y se apostarían gran cantidad de pesos. Perfecto, pensé que era el momento ideal para conocer ese mundillo.

Así que cogimos la moto y tomamos rumbo a Manlalec. Al llegar al pueblo se notaba el típico ambiente festivo en su calle principal, guirnaldas y banderas, una banda de música, un concurso de misses, un torneo de baloncesto y unos cuantos borrachuzos haciendo eses hasta arriba de ron o brandy. No veíamos la gallera por ningún lado pero tras un par de indicaciones seguimos por una estrecha pista de tierra y enseguida nos dimos cuenta que habíamos llegado.

Cantidad de motos aparcadas en un pequeño claro de la selva, un griterío ensordecedor, gente yendo y viniendo, vendedores de comida y bebida, y unos cuantos de los que manejan las apuestas agitando grandes fajos de billetes en sus manos. Habíamos llegado, por fin iba a presenciar mi primera velada de peleas de gallos.



Jhing se quedó un poco más apartada de la gallera, comiendo algo y bebiendo agua de coco, no suele ser normal que las mujeres vean los combates, pero yo me metí en todo el cotarro. Se podían contar los extranjeros con los dedos de una mano, y cuando me vieron con la cámara de fotos me trataron de maravilla y me dieron plena libertad para moverme donde quisiera, desde el interior de la gallera hasta el lugar en el que se encontraban los gallos y sus cuidadores, pasando por la enfermería donde curaban y cosían a los pobres animales que habían sobrevivido tras una batalla encarnizada.

No aposté un sólo peso, más que nada porque no me apetecía tomar partido por ninguno de los gallos y ponerme a dar gritos animando a uno para que intentara matar al otro. Me dediqué a observar, tomar fotos, hablar con la gente y hacerles un montón de preguntas. Y entre pelea y pelea brindar con unos tragos de ron con los locales, ya fueran vencedores o vencidos.

Los combates son espeluznantes y no aptos para cardiacos, es normal que si estás en primera fila del ring acabes con alguna salpicadura de sangre. Son peleas rapidísimas, los gallos llevan unos espolones de acero afilado en sus patas y tras ser calentados por sus cuidadores se sueltan y comienzan a machacarse a saltos y zarpazos. El perdedor acaba grogui o simplemente muere. Ya he dicho al comenzar este post que no es algo que personalmente me entusiasme, pero es parte de la vida filipina y, al menos una vez en la vida, hay que ver una pelea.



jueves, 21 de agosto de 2014

JUEGOS DE GUERRA



"Siete de la mañana, Saigón, sur de Vietnam, me despierto sudoroso y lo primero que ven mis ojos es un ventilador colgado del techo de mi habitación moviendo sus aspas sin cesar, flap, flap, flap, flap, flap... A medida que me desperezo recuerdo que tengo una misión que cumplir, pongo música, The End, interpretada por The Doors, el tema que abre Apocalypse Now, esa magnífica película de Coppola..." (podéis darle al play abajo del post para entrar en ambiente).

Pero no, este no es el Vietnam de los años setenta, ni yo soy Martin Sheen, ni tengo que ir río arriba en busca del enigmático coronel Kurtz. Mi misión era mucho más sencilla, tan sólo me disponía a pasar el día en plan dominguero en Cu Chi, un distrito a unos cuarenta kilómetros de Saigon, en la Route 1, la carretera que lleva a Camboya, hacia el oeste de Ho Chi Minh. Bueno, ese es su nombre actual, yo prefiero llamarla Saigón, como lo siguen haciendo sus habitantes.



No voy a extenderme mucho con la historia del país, pero si hablamos de Vietnam al instante nos viene a la memoria la palabra guerra. Logró su independencia en 1954, cuando formaba parte de la Indochina francesa junto a Laos y Camboya. Y en un principio se formaron dos países, el Vietnam del Norte y el del Sur. Los del norte, comunistas, fueron tomando posiciones y bajando hacia el sur hasta conquistar Saigón. Los americanos apoyaban a estos últimos y estuvieron allí entre 1965 y 1973, hasta que abandonaron Vietnam tras darse cuenta que estaban perdiendo la guerra, no tenían nada que hacer contra las guerrillas del Vietcong y en su propio país estaba creciendo un fuerte rechazo popular ante tal desastre.

Las tropas del norte tomaron el sur y esa guerra civil acabó en 1975. Aunque el mayor impulso y éxito del Vietcong fue la ofensiva del Tet, en 1968. Guerrillas perfectamente organizadas tomaron gran cantidad de ciudades del sur sin que los americanos, no acostumbrados al clima tropical ni a la jungla, pudieran hacer nada. Poco a poco, el ejército del Vietcong fue creando un gran número de túneles y escondrijos que servían como rutas de comunicación y suministros, hospitales, almacenamiento de alimentos y armas, y alojamiento de guerrilleros. Estos laberintos subterráneos llegaron hasta distritos muy cercanos a Saigón, y uno de los más conocidos es el que se encuentra en Cu Chi, ese cuya misión me disponía a iniciar.



Se puede decir que el comunismo vietnamita se adaptó al capitalismo en la década de los ochenta y enseguida abrió sus fronteras al turismo. Y aparte de sus bellezas naturales, su historia o su cultura, supieron como sacar tajada de las zonas más conocidas de su reciente guerra, lugares como la ciudad de Hue o los túneles de Cu Chi. En cantidad de tiendas a lo largo de todo el país es muy fácil encontrar artículos de guerra vendidos como souvenirs, desde uniformes militares o antiguas armas de fuego hasta medallas y carteles propagandísticos, pasando por los clásicos mecheros zippo de los soldados americanos que a pesar de ser nuevos y fabricados en China te prometen y aseguran que son yankies y fueron arrebatados a su tropa una vez machacados por el gran Vietcong.

Ir de Saigon a Cu Chi es relativamente fácil, cualquier agencia turística de las muchas que existen en el centro de la ciudad te organizan un tour por tan sólo unos cinco dólares. Te recogen en tu hotel, te llevan hasta los túneles en una furgoneta con otra docena de turistas y te devuelven a Saigón por la tarde después de hacer un par de paradas estratégicas en alguna tienda para guiris a ver si picas y compras algo para llevarte de recuerdo a casa.



Pero yo, como se suponía que iba a cumplir una misión secreta, pasé de apuntarme a ese zoológico y decidí ir por mi cuenta alquilando una moto, una Honda Dream 125cc semiautomática. Craso error, Saigón es conocida como la capital mundial de las motos, dicen que unos siete millones circulan sin parar por avenidas, calles, callejuelas, aceras y demás, así que sólo conseguir salir de esa inmensa ciudad me costó mucho tiempo y un buen quebradero de cabeza.

Menos mal que otros conductores sintieron lástima y al ver a ese extraño guiri totalmente perdido decidieron ayudarme un poco. Tras esperar en un semáforo rodeado de otros cien moteros vietnamitas, uno de ellos me dijo algo que no entendí pero supongo que sería algo así como "pero dónde vas, alma de cántaro", y yo lo único que pude contestar fue "Cu Chi, Cu Chi...". En fin, caras de asombro y descojono general. Tras un cuchicheo entre ellos hubo uno que me indicó que le siguiera y finalmente pude dejar Saigón atrás, de allí hasta Cu Chi la ruta resultó mucho más tranquila y agradable.



Y al llegar a los túneles de Cu Chi dejé de ser un agente secreto y me convertí en otro turista más, no quedaba otro remedio. Todo el recinto es una especie de parque temático atestado de gente en el que hay que moverse casi en fila india siguiendo a un guía que va dando explicaciones en inglés del lugar y las batallas que allí ocurrieron mientras ensalza al glorioso ejército del Vietcong y a su querido y amado líder, el señor Ho Chi Minh.

Pero la verdad es que es un sitio que merece una visita, sobre todo si vais a estar en Saigón un par de días. Es increíble ver cómo unos cuantos guerrilleros enclenques, cansados y mal alimentados, pero con la moral por las nubes, consiguieron desesperar y derrotar a las tropas del Tío Sam. Un trozo de jungla donde todavía se pueden ver algunas de las trampas que utilizaban, hechas con estacas de bambú afiladas, serpientes, escorpiones o arañas. Una especie de ciudad subterránea que aguantaba hasta las bombas de los B52, llama la atención los socavones producidos por éstas. También puede jugar uno a ser guerrillero disparando todo tipo de armas, desde pequeñas pistolas hasta bazookas, e incluso me adentré en uno de los túneles abiertos al público, nunca más, no he pasado tanta claustrofobia en toda mi vida.





lunes, 18 de agosto de 2014

IGLESIA NI CRISTO




Ya sé que al ver el título de este post o el cartel que sale en la fachada de esta iglesia nos entra la risa floja, y supongo que ocurre lo mismo a todos los hispanohablantes que visitan Filipinas, es normal, da juego a un chiste fácil y pensamos "será que a esta iglesia no entra ni Cristo". Pero no, en realidad significa Iglesia de Cristo, ya que en tagalog ni se traduce como nuestra preposición de. Y no tiene gracia la cosa, a mí personalmente me da un poco de yuyu.

Es sabido que la religión mayoritaria en Filipinas es el catolicismo, fruto de la colonización española que en su principio llenó el archipiélago de curas agustinos. También hay un pequeño porcentaje de musulmanes, sobre todo en el sur, en la región de Mindanao. Y después se sumaron al banquete unos cuantos presbiterianos, evangelistas, adventistas del séptimo cielo, mormones, metodistas, etc.

Se supone que la Iglesia de Cristo, o como quieran llamar a esta secta, sólo cuenta con un cinco por ciento de la población pinoy, pero visto lo visto me extraña que no sea más e indagando un poco en el poder que tiene estoy seguro que desgraciadamente irá subiendo en el ranking. Este año se celebra su centenario, fue fundada por un iluminado llamado Félix Manalo en 1914. Este iluminado dijo que Dios se le apareció un día para decirle que había que restaurar el cristianismo que había ido degenerando tras fallecer Jesucristo, y sus fieles le consideraron como el último profeta. Además, debió montar una especie de monarquía, ya que tras su muerte fue un hijo suyo quien heredó el trono y ahora es su nieto quien maneja los hilos de tal bendición.

A diferencia del catolicismo ignoran la Santísima Trinidad, niegan la deidad de Jesucristo y no creen en el Espíritu Santo, dicen que sólo creen en lo que dice la Biblia y que el resto de cristianos son apóstatas que no conseguirán la salvación. Están convencidos de que cuando sus fieles la palman su espíritu vuelve a Dios, allí resucitan y viven en un lugar que ellos llaman la Nueva Jerusalén. No sólo eso, sino que tras mil años resucitarán de nuevo, ¡qué obsesión!, y los que no pertenezcamos a su secta acabaremos en el lago del fuego. Ese día se llamará el del último juicio, y hasta Jesucristo volverá a resucitar.

No todo iba a ser tan malo, comparto una de sus reglas básicas. Para pertenecer a su iglesia hay que bautizarse, pero de adulto y tras una formación que dura unos seis meses. A mí me bautizaron con tres días de vida, no recuerdo nada pero nadie me preguntó si estaba de acuerdo o no, y claro, en esa amplia experiencia vital que tenía entonces me imagino que mis únicas preocupaciones eran alimentarme de la leche de mi madre y sobar el mayor número de horas posibles. Y como para borrarme del catolicismo hoy en día, apostatar resulta más complicado que darte de baja en Facebook.

La Iglesia ni Cristo no admite que se la defina como secta, se basan en sus obras de caridad a pobres y necesitados, a sus ayudas económicas a víctimas de catástrofes, recordemos que Filipinas bate todos los records en cuanto a desastres naturales tales como tifones, tsunamis, inundaciones o terremotos... y hasta tienen un par de records Guinnes en este aspecto, parece que se preocupan más en aparecer en estas estadísticas que en otra cosa. Pero su influencia política y social es más que sospechosa.

Poseen una gran fortuna fruto de las donaciones de sus fieles y vaya usted a saber de qué más. Son los principales accionistas de un gran número de las empresas más potentes del archipiélago, tienen cantidad de cadenas de radio y televisión, y enormes catedrales en más de cien países a lo largo del planeta. Incluso han comprado un pueblo entero llamado Scenic en el estado americano de Dakota del Sur. Algo muy raro para una religión que sólo representa a un pequeño porcentaje de la población pinoy.

Y lo más alucinante, cuando hay elecciones todos sus fieles deben votar en bloque bajo vigilancia de sus supervisores, y, por supuesto, a quien su jefe les diga. Sobra decir las ingentes donaciones bajo la mesa que recibirán de los dirigentes del gobierno para obtener sus votos. Hasta se ha declarado fiesta nacional el aniversario de su fundación que celebran este año, algo que todavía no acaba de entender la población filipina.

Quise obtener más información intenando entrevistar al Ministro de su principal catedral en Puerto Princesa, en la isla de Palawan. Para que me permitieran entrar en su mundo tuve que ir a la cita con zapatos, pantalón y camisa de manga larga, algo que tras años de vivir en un clima tropical no estoy muy acostumbrado a usar. Y total para nada, no me dijeron gran cosa. El Ministro me comentó que antes de hablar conmigo debía pedir autorización a su Executive Minister, y tendrían que ver todo lo que iba a escribir, dónde y cuándo. No me gustó nada todo aquello y me lo quité de la cabeza. Algunos amigos filipinos me insistieron en que tuviera mucho cuidado, están seguros de que esta gente es una mafia peligrosa y si quería seguir viviendo en Filipinas o pasando largas temporadas por aquí sería mejor que desechara mi idea, podría ser víctima de cualquier "accidente".



jueves, 14 de agosto de 2014

JEEPNEYS: LOS AUTOS LOCOS DE FILIPINAS


En un país como Filipinas con más de siete mil islas hay muchas formas para moverse de un lado a otro del archipiélago. Cantidad de compañías marítimas con todo tipo de embarcaciones, desde ferrys más o menos modernos hasta barcos de carga habilitados para llevar pasajeros o tradicionales bangkas, trimaranes con patines de bambú. Y en los últimos años gracias a la proliferación de líneas aéreas low cost cada vez resulta más fácil y barato viajar en avión.

Y una vez dentro de una isla nos podremos desplazar en todo tipo de transportes comunes como autobuses, furgonetas, taxis o tricicles, un tipo de sidecar parecido a los que se ven en otros países asiáticos. Pero hay un vehículo para moverse entre pueblos o dentro de ciudades que enseguida nos llamará la atención por su diseño, su decoración y el ambiente que se suele formar en su interior. Me refiero a los jeepneys, otra de las muchas tradiciones filipinas que no veremos en ningún otro lugar del sudeste asiático.


Los primeros jeepneys fueron los típicos willys del ejército americano que fueron abandonados en Filipinas al finalizar la segunda guerra mundial. Algunos emprendedores y pequeños empresarios se dieron cuenta que no hacía falta acabar de destrozar esos cacharros y venderlos como chatarra, eran unos vehículos con una carrocería realmente dura, con tracción a las cuatro ruedas y podían recorrer cualquier lugar de las islas a pesar de que los caminos estuvieran destrozados o llenos de barro y agua. Ya estaban germinando una idea que tuvo y sigue teniendo un gran éxito en todo el archipiélago. Tan sólo había que alargar esos jeeps un poco para que entraran más personas y se convertirían en perfectos medios de transporte, algo que no habían visto en el país hasta esa fecha.

Lógicamente, aquellos viejos jeepneys fueron sucumbiendo con el paso de los años y ahora son fabricados por un par de empresas locales que han intentado mantener el mismo diseño que tenían los antiguos. Incluso en algunas ciudades los están cambiando por furgonetas modernas de marca japonesa que sin tener el mismo encanto los decoran de igual manera y al menos no consumen y contaminan tanto como sus antecesores.


Lo primero que llama la atención de un jeepney es su exterior, un enorme vehículo de chapa de acero repleto de luces, alerones y graffitis de una gran calidad artística pintados con aerógrafo a gusto del propietario, desde imágenes religiosas hasta musicales pasando por escenas tropicales propias del país. Quien mejor decorado tenga su jeepney más llamará la atención de los pasajeros. Cada vez estoy más convencido de que el tuning se inventó en Filipinas, y algunos también llevan instalado un potente equipo musical para amenizar sus trayectos.

Pero para conocer bien cómo funciona un jeepney hay que meterse dentro, algo que a muchos turistas les causa pavor ya que piensan que es un auténtico caos y acabarán perdidos en cualquier lugar desconocido. Que no cunda el pánico, es muy fácil moverse en ellos y tanto el conductor como el resto de pasajeros estarán encantados de echarnos una mano.


En los laterales de un jeepney siempre aparecen escritos los lugares que va a recorrer, eso es lo primero que debemos mirar. Una vez escogido nuestro destino subiremos por la parte trasera, eso sí, con la cabeza agachada para no rompernos la crisma con el techo, y buscaremos un sitio libre en uno de los dos bancos que están situados uno frente al otro. Probablemente estaremos algo apretujados unos con otros pero no pasa nada, como es posible que no haya dentro más kanos (extranjeros blancos) seremos al momento el punto de atención y comprobaremos al instante la amabilidad y hospitalidad filipinas. Nuestro viaje en jeepney se va a convertir en una animada conversación llena de preguntas, respuestas y risas, muchas risas con el resto de pasajeros. Una forma de conocer mejor la vida cotidiana de los filipinos sin hablar únicamente con quienes se dedican al turismo.


Otra ventaja de los jeepneys es su ridículo precio, en casi ningún trayecto pagaremos más de diez pesos por persona, menos de veinte céntimos de euro. Y lo más sorprendente es la forma de pago, el propio conductor es el que maneja la pasta y los pasajeros se van pasando el dinero unos a otros hasta llegar a él. Si nos tienen que dar las vueltas será el conductor quien realice el mismo proceso en sentido inverso hasta que el dinero llegue a nuestras manos.

Para terminar, añadir que un jeepney no tiene paradas concretas, podemos cogerlos en cualquier lado de la calle o la carretera agitando la mano y cuando queramos bajar no tenemos más que golpear el techo con una moneda o decir "para", así como suena, el verbo parar se dice exactamente igual en tagalog que en español.


lunes, 24 de marzo de 2014

BALUT, UNA DELICATESSEN FILIPINA


A pesar de no tener tanto reconocimiento internacional como otras gastronomías asiáticas, he de reconocer que me encanta la comida filipina. No tiene el exotismo de otras, pero al menos yo considero eso como una gran ventaja ya que posee unas costumbres culinarias bastante más similares a las nuestras. En este caso también tiene mucho que ver la herencia de la colonización española, son muy comunes las sopas, empanadas, estofados, adobos, fritos, cochinillos asados y hasta chipirones en su tinta. Eso sí, aquí el pan es sustituído por arroz, algo que comemos a todas horas del día. Pero hay veces que si cierro los ojos parece que estoy en casa, en este mismo instante Jhing está preparando unos mejillones en salsa verde.

Y la materia prima es excelente, tanto la carne como el pescado, las verduras y todo tipo de frutas tropicales. Buenos alimentos que contienen las tres B: bueno, bonito y barato. Un kilo de los mejillones recién cogidos que nos vamos a zampar ahora mismo nos ha costado treinta pesos (medio euro) en el mercado de El Nido.

Pero también existen un montón de recetas y productos típicos de la tradición filipina desconocidos y un tanto extraños o incluso repugnantes para los occidentales. El principal y más famoso lo podéis ver en la foto de arriba, y estoy seguro que a más de uno ya le ha dado mal rollo esa imagen, me refiero al balut, una delicatessen filipina que vuelve loco al cien por cien de su población, hasta dicen que tiene un cierto carácter afrodisiaco.

El balut es símplemente un huevo de pato cocido, pero en vez de yema tiene algo diferente. Su interior lleva un embríón de patito, una especie de feto con sus huesitos, sus pequeñas plumas y demás, rodeado de un jugo de sabor amargo y... en fin, ahí lo dejo. Me gusta probar de todo, pero reconozco que todavía y a pesar de mis ganas no he podido atacar el jodido balut, nada más abrir la cáscara sufro una mezcla de árcadas y náuseas que me impiden seguir con el tema. Aunque me he prometido a mí mismo y a amigos filipinos que algún día lo probaré, cuando llegue ese momento prometo explicaros mis sensaciones.

Normalmente se compra y come en plena calle y cuesta unos veinte pesos. En cualquier lugar veréis a alguien caminando con una pequeña cesta o nevera de camping gritando baluuuuuut, baluuuuuut, y se suele acompañar de sal y una salsa con vinagre, ajo y algo de chili. Dicen que nadie puede decir que ha estado o conoce Filipinas hasta que haya probado un balut, yo sigo en mi intento, espero que vosotros os animéis, mucha suerte.

miércoles, 19 de marzo de 2014

UN FUNERAL FILIPINO


Las noches en El Nido son agradables, como en cualquier zona de clima tropical. La temperatura disminuye, no hace tanto calor y nos gusta sentarnos un rato en la terraza de nuestra pensión, una pequeña liturgia que casi siempre practicamos. Allí tomamos un par de cervezas, charlamos, escuchamos algo de música y observamos el languidecer del pueblo, las calles adormecidas, los pocos paseantes que se ven a esas horas.

Ayer, cerca de medianoche, había más movimiento del habitual. Unos metros más allá de donde nos encontramos unos cuantos vecinos celebraban una reunión. Un bulbo daba luz a los asistentes y varias sillas se esparcían en la calle para dar descanso a la gente. Tras preguntar a una cría, Jhing me explicó que se trataba de un velatorio, había fallecido una anciana en nuestro barangay, nuestro barrio.

Las mujeres hablaban de sus cosas, mientras los hombres compartían tragos de tuba, el típico aguardiente local de agua de coco, ron Tanduay, o litronas de cerveza Red Horse. Me pareció escuchar una especie de letanía y pensé que alguien estaba rezando un rosario, hasta que tras afinar mis oídos me di cuenta que entendía, aquellas palabras sonaban a español y decían algo así como "ocho... doce... sesenta y cinco... diecisiete... ventidos... catorce...", ¿qué narices era eso?, ¿de qué hablaba esa gente? De repente alguien elevó el tono de voz y dijo "bingoooo...". Joder, estaban jugando al bingo en pleno funeral, ya sé que suena extraño y surrealista, pero es una tradición obligatoria en cualquier velatorio filipino.

Al contrario que en otros países del sudeste asiático donde predominan el budismo o el islamismo, la inmensa mayoría de los fílipinos son católicos hasta la médula, otra herencia de la colonización española. En Filipinas las iglesias se abarrotan durante las misas dominicales y es muy corriente ver a la gente rezar antes de comenzar a comer. Pero es un cristianismo algo tropicalizado, mezclado con tradiciones indígenas y dando la misma importancia a espíritus y fantasmas que a la santísima trinidad.

Cuando alguien fallece se embalsama el cuerpo y se mantiene en la casa familiar entre una y dos semanas, o el tiempo suficiente para que pueda ser despedido y visitado por familiares, vecinos y demás allegados. Y durante todo ese tiempo se monta una buena fiesta, dicen que el espiritu del difunto tendrá un futuro mejor viendo cómo se le homenajea.

La casa familiar está abierta las venticuatro horas del día y se ofrece comida y bebida. Además, nunca falta la música ni el bingo o los juegos de cartas. Todos los asistentes apuntan su nombre en un registro y donan algo de pasta para cubrir los gastos del hospital, la misa y el entierro. Y no se observan lágrimas o lloriqueos, más bien cachondeo.

Y tras un montón de días acaba el curioso velatorio y realizan la marcha fúnebre desde el hogar del finado hasta la iglesia y el cementerio. En esta ocasión los asistentes visten sus mejores galas, caminando a paso lento detrás de los curas, el ataud y los familiares. Desaparece la música festiva y se sustituye por una más acorde y seria al momento. Aquí ya podemos ver a la gente soltando lagrimillas, no sé si es porque ya no verán nunca más al fallecido o porque el fiestorro ha llegado a su final.





viernes, 7 de marzo de 2014

UNAS CLASES DE TAGALO


El tagalo, o tagalog, junto al inglés son los idiomas oficiales de Filipinas. Además, existen cantidad de lenguajes dependiendo de las diferentes islas, regiones o provincias tales como ilocano, cebuano, ilongo, koyonin, tagbanua, karayan, samareño y un centenar más. Poco a poco voy aprendiendo y entendiendo algo de tagalo, ya que es la lengua que puedes hablar en todo el archipiélago, así que salvo algunas palabras prefiero no liarme con otros idiomas filipinos, mejor centrarme en uno sólo sin que mi cerebro se convierta en una Torre de Babel.

A pesar de hablarse en un país de las antípodas no resulta un idioma demasiado difícil, al menos no resulta tan complicado como otras lenguas del sudeste asiático, no tiene ese alfabeto indescifrable del tailandés, el camboyano o el laosiano, ni esos tonos de voz tan peliagudos para nosotros. Las palabras están formadas por vocal-consonante, vocal-consonante y se pronuncian de la misma forma que se leen, tan sólo te sientes algo gangoso a la hora de pronunciar las letras seguidas ng, una especie de sustitución de la eñe española que abunda en cantidad de palabras.

Y cuando un hispanohablante viaje por primera vez a Filipinas se sorprenderá al escuchar palabras muy familiares. Antés de que su avión aterrice le llamará la atención que en la típica charla que sueltan azafatas o pilotos le sonarán cosas como aeroplano, pasajero o cinturón. Ya sabréis que Filipinas fue colonia española durante tres siglos, hasta finales del XIX, y hoy en día el vocabulario tagalo sigue manteniendo cantidad de palabras de nuestro idioma.

Muchas ciudades, pueblos y calles tienen nombres españoles o vascos, algo muy ventajoso a la hora de memorizarlos y recordarlos, incluso la mayoría de los apellidos de los filipinos, un buen amigo mío se llama Jason Zarrabeitia, a pesar de su tez morena y sus ojos rasgados. Algunos tienen algún colonizador entre sus antepasados, a otros simplemente les fueron poniendo apellidos, algo que los indígenas no usaban.

Pero comencemos el lío con una pequeña lección de tagalo, una introducción a su vocabulario, y os daréis cuenta que comprendéis la lengua filipina más de lo que podríais imaginar. Kumusta?, el saludo típico a la hora de conocer o encontrarse con alguien, significa ¿cómo está?, ya veis que es muy similar.

Los números desde el uno hasta el infinito se dicen en español (o inglés), así como los días de la semana (lunes, martes, miyerkules, huwebes, biyernes, sabado, excepto domingo, que se dice linggo), los meses del año (inero, pebrero, marso, abril, mayo, junio, hulyo, agosto, setyembre, octubre, nubyembre, disyembre) o las horas. También hay muchas profesiones que utilizan la misma palabra con sólo una pequeña variante, tales como mecánico, carpintero, barbero, limpiabotas, doctor, dentista y muchas otras. En cuanto a la alimentación veréis que no supone ningún quebradero de cabeza ir de compras al palenque (mercado), os entenderán perfectamente cuando pidáis patatas, cebolla, lechuga, calabaza, pepinos, remolacha, rábanos, repollo, pimienta, laurel, etc.

Y algunas más para vuestra primera lección de tagalo: camiseta, pantalón, vestido, falda o zapatos; mesa, silla, ventana o banco; cuchara, cuchillo, tenedor, vaso o taza. En fin, cantidad, pero vamos a dejarlo aquí que por hoy ya está más que bien. Y tampoco os emocionéis demasiado ya que existen otras muchísimas palabras que no tienen absolutamente nada que ver con el español, no olvidemos que el tagalo en su origen proviene de lenguas malayas y polinesias. Incluso algunos vocablos nos pueden llevar a un ligero malentendido, por ejemplo, ama no quiere decir madre sino padre. O la que más gracia me hace y me volvió loco más de una vez durante mis comienzos filipinos, si acudís por ejemplo a una oficina para preguntar si ese barco que queréis coger mañana a una determinada isla va a salir a su hora y os responden seguro, al loro, seguro quiere decir algo así como may be, puede que sí o puede que no, si de verdad algo es seguro os tienen que decir sigurado.

Y para finalizar esta clase se me olvidaba comentar las primeras palabras que hay que saber en cualquier idioma, "sí" se dice oo, "no" se dice hindi. Aunque el oo también resulta gracioso, muy a menudo los filipinos utilizan la comunicación no verbal para afirmar algo y simplemente levantan las cejas. Por otra parte, podéis estar tranquilos si las lenguas filipinan os parecen algo complicadas, el inglés se habla en todas partes e incluso se mezcla con el tagalo, es lo que ellos llaman taglish. Salvo en algunas zonas rurales alejadas de la civilización la mayoría de los filipinos se expresan en inglés de manera excelente con un perfecto acento americanizado. Bueno, tranquilos que no os voy a dar más la chapa ni os voy a poner deberes para mañana, un saludo y mabuhay, bienvenidos a Filipinas.





lunes, 13 de febrero de 2012

APUNTES DESDE EL LAGO TOBA, SUMATRA (II)


ESTA NOCHE
Esta noche te esperaré en el lago,
y quiero que vengas nadando hacia mí,
jugaremos, lavaremos nuestros cuerpos,
nos secaremos bajo la luna,
e iremos a mi cama.
Esta noche pondré sábanas nuevas,
y esparciré flores de frangipani por el suelo.
Esta noche quiero sentirme amada y mimada,
abrazada y acariciada,
escuchar tu incomprensible lenguaje entre susurros,
y absorver todo tu olor.
Esta noche serás el marido que perdí hace cuatro años.
Cuando amanezca tendrás que irte,
y yo conservaré tu olor al menos un par de días más.
Esta noche quiero ser tuya, quiero que seas mío.

viernes, 3 de febrero de 2012

APUNTES DESDE EL LAGO TOBA, SUMATRA (I)


COLORES
Desaparece el concepto de viaje,
no se viaja, se vive, se bebe la vida,
la vida se vive...
... y se colorea.
Y los colores...
Decenas de verdes dominando todo, vigilando el lago,
plateado el lago,
manso por la mañana,
cabreado por la tarde,
el nordeste entrando,
y las nubes descansando cerca,
arriba, en los volcanes posadas,
blanco sobre verde,
azul más arriba,
y plateado debajo.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

EL JUEGO DEL TAKRAW


Cualquier occidental que vea la esfera de ratán que aparece en la imagen de arriba estará pensando en algún objeto ornamental, algo que habrá visto muchas veces en tiendas de decoración o en su propio hogar absorviendo polvo encima de una mesa o alguna balda.

Alguna mente avispada pensó lo mismo hace años y decidió destinar a ese fin este objeto, vendiéndolo por un precio diez veces mayor de lo que realmente cuesta. Pero en el sudeste asiático el significado de esta bola no tiene ninguna connotación decorativa, es la pelota con la que se juega al takraw, uno de los deportes más populares de esta parte del mundo.

Sus reglas son sencillas y similares a las del volleyball, dos equipos, una red por medio, tres toques y consigue el punto quien pasa la pelota al otro lado de la red tocando el suelo de la cancha contraria. La diferencia estriba en que mientras en el volleyball sólo se puede jugar con las manos en el takraw vale cualquier parte del cuerpo excepto los brazos, y ésto le otorga una belleza visual mucho más espectacular.

A los asiáticos les encanta cualquier deporte donde haya una red por medio, contínuamente echan por televisión partidos de volleyball, badminton o ping pong, pero mientras estos deportes han sido importados el takraw es parte de su cultura, un juego autóctono por el que sienten verdadera devoción. En los últimos años hasta se ha profesionalizado, se juega en canchas de suelo sintético y hasta se fabrican bolas de fibra. También está presente en los juegos olímpicos asiáticos (los Asian Games) y se está exportando a algunos países occidentales donde se han ido creando varias federaciones.

Pero el takraw que a mí me gusta es el callejero, el que se practica en cualquier pueblito de Tailandia en canchas improvisadas al caer la tarde cuando no hace tanto calor. Es un placer ver el ambientazo que rodea a este deporte, la concentración de contrincantes y público, la forma física y elasticidad de los jugadores, quienes levantan las piernas de un modo inimaginable y adoptan posturas más propias del yoga, parece increíble.

En muchas ocasiones me he quedado embobado viendo algún partido de takraw, y a veces me han invitado a tomar parte. Les gusta eso de tener a un farang en su équipo y siempre he aceptado. Pero mi participación se ciñe a dar algun toque sutil con el pie o la cabeza intentando dejar la pelota en bandeja para que otro compañero la machaque. Cada vez que he intentado levantar la pierna como ellos sólo he conseguido darme la costalada padre provocando las carcajadas del público y del resto de los jugadores.

Los que visitéis el sudeste asiático no dudéis en probar el takraw, es un ejercicio sano e incluso podéis comprar una pelota, cuestan cuatro perras y podéis pasar un buen rato practicando en el jardincito del hotel o en la playa. Siempre se acercará algún chaval del pueblo a jugar con vosotros y os enseñará encantado unos cuantos trucos.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

HONG KONG DE ABAJO A ARRIBA

Dejé Tailandia a finales de Octubre cuando las lluvias habían cesado, aunque el agua acumulada en ríos y llanuras iba llegando lenta pero inexoráblemente hacia Bangkok. A día de hoy el centro de la capital sigue a salvo pero los distritos del norte están totalmente inundados.

Pero no fueron las inundaciones las que me echaron de Tailandia, sino el maldito visado de tres meses que llegaba a su fin. Andaba deshojando la margarita pensando en mi siguiente destino, ¿Indonesia?, ¿Filipinas?, cuando se me ocurrió de repente hacer una escapada a Hong Kong, un lugar que en principio no entraba en mis planes.

En Koh Chang había conocido a Ralph, un alemán que vive allí y decidí visitarle. Me había contado maravillas de esta city y encontré un vuelo muy barato, así que no lo pensé más. Sólo estuve una semana, pero menuda semana, todavía no la he acabado de digerir. Hong Kong es simplemente fantástico y mientras preparo alguna cosilla más que contaros os adelanto unas imágenes del Manhattan asiático, una ciudad no apta para los propensos a la tortícolis.








lunes, 10 de octubre de 2011

S.O.S. TAILANDIA

Se supone que la temporada de monzones está a punto de acabar, pero las últimas semanas han sido muy duras y gran parte del país, sobre todo las llanuras centrales, están bajo las aguas producto del desbordamiento de la cantidad de ríos que discurren por Tailandia. El servicio de trenes y autobuses está parado y es fácil que tenga que coger un avión en Chiang Mai para bajar hacia el sur.

Se están evacuando muchos lugares aunque por suerte las riadas y corrimientos de tierra no se han cobrado muchas vidas humanas. Y a mal tiempo buena cara, los thais aguantan estoicamente la situación y siguen su vida y su día a día como si no ocurriera nada. La filosofía de vida que tienen les impide cabrearse por algo que no tiene vuelta atrás. Y los que más disfrutan son los niños, que han visto aparecer de repente piscinas improvisadas por todas partes.

Mientras tanto, los templos budistas tienen más actividad que nunca y toda la población acude a ellos a depositar ofrendas y pedir a Buda que pare de una vez este desaguisado. A Bangkok no ha llegado todavía el desastre y se suceden ceremonias de carácter oficial rezando a Kang Ka, la diosa de los ríos.






Las imágenes corresponden a la ciudad de Ayutthaya y son cortesía de The Bangkok Post.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

LA COLA DEL TIFÓN


Llevaba un buen tiempo sin escribir, mil perdones, habrá sido una mezcla de pereza y falta de inspiración. Pero esta noche los elementos de la naturaleza se han conjurado para darme un tema con el que hacer una buena crónica. La verdad es que me he dado un buen susto, aunque es algo que nos puede ocurrir sin salir de casa, sin necesidad de viajar a lugares remotos.

Ya sabéis que estamos en temporada de monzones, ya queda menos para que acaben, y durante los últimos meses han sido pocos los días en los que no ha llovido. Normalmente son chaparrones intensos pero de poca duración, sobre todo a última hora de la tarde y producto del calor y la humedad, a veces hasta se agradecen. También se suelen registrar inundaciones, más que previsibles y esperadas, que no dan lugar a grandes catástrofes salvo para los pobres agricultores, que son quienes las sufren en mayor medida.

Pero lo de esta noche ha sido muy fuerte, por lo visto nos ha tocado la cola de un tifón que se ha cebado especialmente con Vietnam y Filipinas. Comenzó a llover a medianoche con especial virulencia y no ha parado hasta bien entrada la mañana. El río Pai se desbordó con inusitada rapidez anegando todas las zonas cercanas a sus riberas, y entre ellas la casita que tengo alquilada, la que veis en la primera foto, bonita, ¿verdad?

Me desperté varias veces durante la noche debido al estruendoso ruido que producía la lluvia cayendo sobre mi casa, pero dentro de mi somnolencia no le dí mucha importancia, me daba la vuelta y seguía durmiendo como un tronco. Pero a eso de las cuatro de la mañana escuché el sonido de unas cuantas sirenas. ¡Ostras!, salí al porche y después de sacudirme las legañas me dí cuenta que estaba viviendo en una isla, totalmente rodeado de agua.


Por suerte, el agua no había llegado (todavía) a la planta principal de la casa, ya que al igual que otras muchas viviendas de esta parte del mundo está construída sobre unos pilares por encima del suelo con el fin de evitar humedad, bichos, etc. Pero tenía claro que había que hacer algo, no me podía quedar parado sin más, esperando lo peor. En condiciones normales tengo la ribera del río a unos treinta metros de distancia, pero ya veis en la foto cómo está ahora mismo.

Con una calma sorprendente (la vida me ha enseñado que en situaciones de emergencia actuamos con mayor tranquilidad de la que creemos) eché mano de la mochila pequeña y la llené con lo imprescindible, pasaporte, dinero, tarjetas de crédito, ordenador, cámara de fotos e ipod. El resto era totalmente secundario y fácilmente reemplazable.

Sujeté la mochila sobre mi cabeza con las dos manos, me puse una linterna en la boca, bajé del porche y observé que el agua me sobrepasaba la cintura. El río bajaba a toda leche pero afortunadamente a la altura de mi casa no era más que una especie de lago. El problema es que no veía nada ni podía encontrar el camino. Lo único que tenía claro es que debería ir en dirección opuesta al cauce del río.

Así lo hice, y después de caerme mil veces y pegarme otros mil arañazos con ramas y demás, la profundidad del agua comenzó a bajar gradualmente hasta que llegué a un camino que daba a la carretera principal. Allí vi un todoterreno de los de Protección Civil o algo así y me llevaron hasta la biblioteca pública, uno de los lugares que habían habilitado para atender a quienes habíamos tenido que abandonar nuestro dulce hogar.


Una vez en la biblioteca me dieron ropa limpia (la mía estaba completamente mojada y llena de barro), comida, café y hasta me curaron y desinfectaron alguno de los arañazos que me había hecho. Un diez para esta gente, no estoy seguro que las autoridades españolas hubieran actuado con tanta diligencia y organización en una situación así.

Bueno, ahora mismo parece que las aguas están volviendo a su cauce (nunca mejor dicho) y hasta es más que probable que pueda volver a dormir a mi chalecito. En caso contrario puedo quedarme en la biblioteca o ir a alguna casa de las muchas que me han ofrecido los encantadores habitantes de Pai. Pero la verdad es que tengo curiosidad por ver si el agua ha llegado a la planta principal y se ha llevado el resto de mis cosas, aunque parece que no es así.

Pensaba salir de Pai mañana mismo para ir a otra zona de la provincia de Mae Hong Son, pero finalmente me quedaré unos días más. Se han organizado brigadas de voluntarios para limpiar caminos y parcelas de barro, árboles caídos, etc. y me he apuntado, así que mañana me toca coger una motosierra y empezar a cortar ramas para despejar accesos y normalizar las comunicaciones. Es lo menos que puedo hacer después de cómo me ha tratado siempre Pai y su maravillosa gente.

viernes, 26 de agosto de 2011

TRIBUTO A KOH LIPE



Ayer andaba buscando en Youtube algunos videos de Job 2 Do, un extraordinario grupo de reggae tailandés que me encanta y además tuve la oportunidad de presenciar en directo hace unos días en Bangkok, impresionante, pero ya os hablaré de ellos en otra crónica.

Y entre todos los videos que salían encontré esta maravilla que quiero compartir con todos vosotros. Me encantó por partida doble, ya que aparte de disfrutar un bonito tema del grupo comprobé que las imagenes correspondían a Koh Lipe, una de las islas que más me gustan de toda Tailandia, y mira que hay islas en este país, donde pasé unos días fabulosos hace un año por estas fechas.

Job 2 Do pasó por Koh Lipe para realizar un documental en el que rendían un pequeño homenaje a los urak lawoi, los primeros gitanos del mar que se asentaron en la isla, la única habitada de todo el archipiélago Adang y perteneciente a la reserva marina del parque nacional de Tarutao.

Mientras me dejaba llevar por la música me emocioné viendo que conozco a casi todas las personas que aparecen en el video. Koh Lipe es una isla muy pequeña, apenas lleva un par de horas recorrerla entera, y no tendrá más de doscientos habitantes. Como pasé por allí en época de monzones no había más que una veintena de viajeros y nos invitaron a todos a una boda que tenía lugar en aquellos días (ver en archivo " Bodorrio en Koh Lipe"). Allí pude conocer a toda su población y eso dio pie a que durante los siguientes días me relacionara de una forma natural con todos ellos.

Una de las personas que tuve la suerte de conocer bien fue el encantador viejecito que sale al principio del video tocando el violín, un instrumento imprescindible en la tradición musical de los urak lawoi. Se trata de Tho, uno de los tíos de mi amigo Noki (ver en archivo "Los gitanos del mar"). Disfrute muchas noches de las charlas del tío Tho y una vez más durante este viaje pude comprobar que vivir de una manera sencilla y más o menos apartado del mundo no está reñido con tener un alto nivel de sabiduría y clarividencia.

Una noche hablábamos del devenir de este mundo y de política internacional y el tío Tho tenía las cosas tan claras que en cinco minutos me demostró ser un analista de lujo. Me comentó que los verdaderos terroristas de hoy en día son los mercados financieros, esos mercados invisibles que no se pueden ver ni tocar, esos mercados que en los últimos años se han inventado la globalización, una palabra dulcificada para ocultar su único propósito, que no es otro que exprimir a los países pobres para calmar su sed de tener más, más y más. Mientras no equilibremos la balanza no hay nada que hacer, decía.

Os invito a desconectar ocho minutos de vuestras preocupaciones cotidianas. Poned el volumen a tope, dadle al play del video, dejaros embriagar por la música y viajad con vuestra imaginación a Koh Lipe a conocer a su maravillosa gente, los urak lawoi. Y quién sabe, puede que algún día aparezcáis por allí.

jueves, 18 de agosto de 2011

UN BIZCOCHO LLAMADO KEK LAPIS


El kek lapis es una de esas joyas gastronómicas que he descubierto en mis andanzas por Asia, una delicatessen que se puede degustar en Borneo, concretamente en la provincia malaya de Sarawak. Se puede encontrar en mercados callejeros, supermercados, tiendas de souvenirs y hasta en aeropuertos. Y es que para muchos turistas asiáticos salir de Borneo sin comprar unos cuantos kek lapis es como para nosotros ir a Mallorca y no traer ensaimadas.

No deja de ser un simple bizcocho, pero ¡qué bizcocho!, y como se puede ver en la foto entra por los ojos nada más verlo debido a su presentación y diseño. En principio se hacían para festivales, acontecimientos culturales o celebraciones religiosas, pero adquirieron tanta fama que hoy en día forman parte de la cultura gastronómica de Sarawak.

Basicamente el kek lapis es un bizcocho como otro cualquiera y sus ingredientes principales son huevos, leche, mantequilla y aceite. Pero para rizar el rizo se intercalan capas formadas por figuras geométricas y vivos colores formados por extractos de frutas, flores, plantas o semillas.

Son baratos y nutritivos, y tienen la ventaja que se conservan mucho tiempo tiernos y esponjosos por lo que durante mi estancia en Borneo nunca faltaban un par de kek lapis en mi mochila. Apetecen a cualquier hora como aperitivo y también se pueden mojar con el café para desayunar.

Los que se ven en supermercados y tiendas de recuerdos se producen en las típicas fábricas de bollería industrial y llevan colorantes, edulcorantes y conservantes químicos, así que mi consejo es que quien pase por Sarawak los compre en los mercados callejeros. Allí se siguen haciendo de forma artesanal con productos naturales y se puede ver cómo van intercalando una capa tras otra, un trabajo de chinos (o malayos en este caso). Además, siempre tienen unos cuantos cortados en pequeños trozos para que el consumidor pueda probarlos y elegir entre diferentes sabores.

miércoles, 27 de julio de 2011

DE NUEVO EN ASIA


Pues sí, ya estoy otra vez en mi querida Asia. Después de cuatro meses en Occidente parece que algo me tira de nuevo hacia Oriente. ¿Serán sus atractivos naturales, sus tradiciones, su gente, su gastronomía, su cultura, su ritmo de vida, lo barato que resulta a nuestro bolsillo...? Agítese todo ésto un poco, mézclese bien y ya tenemos el resultado, rico ¿verdad?, a mí desde luego me encanta y por eso he vuelto.

Además no me debieron bastar los dieciocho meses seguidos que pasé recientemente y quiero más. Esta vez quiero tocar Filipinas, algunas islas de Indonesia y después ya se verá. Para empezar voy a pasar dos meses en Tailandia descubriendo sitios que no conozco y repitiendo algunos que me han marcado bastante y de paso aprovecharé para visitar buenos amigos.


Llegué ayer a Kuala Lumpur y la ciudad me recibió con la típica bofetada de calor y humedad bestial propia de la estación de los monzones del suroeste en la que nos encontramos. Apenas pegúe ojo en las trece horas que dura el vuelo entre Londres y Malasia por lo que llegué con un jet lag espantoso. Unicamente salí a dar un pequeño paseo por Chinatown y me senté en una terraza a cenar unas ancas de rana con salsa de ostras mientras veía desfilar el bullicio delante de mis narices. Tras dormir doce horas del tirón mi cuerpo se va asentando al cambio.

Estoy alojado en el barrio viejo, Chinatown, concretamente en Petaling Street, donde existe una de las mayores aglomeraciones humanas del sudeste asiático. Esta mañana me he acercado a Jalan Ampang, a la embajada de Tailandia para solicitar un visado de turista de dos meses y mañana por la tarde me lo dan, así que no me queda mucho que hacer por aquí. Ya conocía Kuala Lumpur de antes y no es que me entusiasme demasiado, para mi gusto nada que ver con mi amada Bangkok así que dentro de un par de días tiro para Tailandia.