jueves, 26 de agosto de 2010

LOS GITANOS DEL MAR


El de la foto de arriba es mi amigo Noki, un moken, un gitano del mar. Su carnet de identidad dice que nació en Koh Lipe, pero lo cierto es que le parieron a bordo de su kabang, su barco casa, y su madre no se acuerda exactamente en qué lugar, así que Noki die que realmente no sabe si es birmano, tailandés, malayo o indonesio. Sólo tiene claro que es moken.

Se asentó en Koh Lipe hace unos ocho años y es allí donde fue censado y pasó a formar parte del sistema, pero hasta ese momento vivió navegando por las islas del este del Mar de Andamán, de norte a sur y de sur a norte, entre el archipiélago de las Mergui en Birmania, los de Surin y Butang en Tailandia y algún islote por la zona de Banda Aceh, en Sumatra.

Nomadear por los mares navegando y pescando era la forma de vida de los gitanos del mar, aunque ya sólo quedan unos dos mil moken y la mayoría se han ido asentando en tierra firme. En Borneo también quedan unos cuantos, éstos de la etnia bajau. En época de monzones aprovechaban para parar en la isla que les cuadrara y se quedaban allí reparando o construyendo sus barcos, cuando paraban las lluvias y los maretones se echaban de nuevo a la mar.

Pero aparte de la explotación de los mares y las nuevas técnicas de pesca agresiva fueron los propios gobiernos de la zona quienes en vez de intentar mantener su ancestral cultura y forma de vida se empeñaron en forzarles a establecerse en tierra. Los moken y los bajau no entendían muy bien por qué, pero bueno, finalmente y poco a poco fueron cediendo casi todos y comenzaron a aprovechar las ventajas de la civilización moderna.


No obstante, siguen manteniendo en tierra sus tradiciones, sus creencias animistas, su amor hacia la naturaleza y su profundo conocimiento de mares y mareas. Saltaron a la fama por las noticias en medios de comunicación de todo el mundo cuando a raíz del tristemente famoso tsunami del 2004 que devastó toda la costa del Mar de Andamán apenas hubo ningún fallecido entre los gitanos del mar. Sospecharon que algo malo ocurría cuando vieron retirarse el agua de la costa y rápidamente subieron a las colinas más cercanas antes de que llegaran las monstruosas olas.

Los que se encontraban navegando también notaron algo extraño y se dirigieron mar adentro para evitar las rompientes. Debido a sus creencias animistas están convencidos de que el tsunami fue obra de los espíritus, hartos ya del mal uso que hacemos los humanos de la naturaleza. Y es que los gitanos de mar, también llamados en Koh Lipe urak lawoi, nunca han oído las palabra ecología, medioambiente o sostenibilidad, pero saben vivir perfectamente de lo que les ofrece la naturaleza sin exprimirla.

Utilizan técnicas ancestrales de pesca, como arpones de madera o redes con celdas lo suficientemente grandes para que no entren los peces pequeños. Conocen los ciclos de nacimiento de todas las especies del mar y saben cuándo pescar cada cosa. Por supuesto jamás cogen tortugas, delfines, ni nada parecido. Una de sus técnicas más llamativa cuando el viento está de tierra es la pesca con cometa. Dejan volar una desde la orilla de la cual pende un sedal hasta la superficie y ya está, cuando la cometa empieza a volar descontroladamente es que algo ha picado, es hora de recogerla.


También es sorprendente su capacidad pulmonar, los niños casi aprenden a bucear antes que a andar, y desde pequeños se les enseña técnicas de respiración para aguantar lo más posible en el fondo de los arrecifes. Tampoco utilizan gafas y tanto sus ojos como su foco visual están perfectamente adaptados al agua salada y las profundidades.

Un día salí a pescar con Noki, quería invitarnos a cenar y teníamos que procurarnos algo. Después de una hora y pico de navegación hacia el noroeste de Koh Lipe llegamos a un arrecife espectacular llamado Hin Paad, sólo cubría unos doce metros y el agua estaba tan clara que se veía el fondo perfectamente. Había cantidad de barracudas, los típicos peces payaso, algún tiburón ballena totalmente inofensivo y en el fondo cientos de langostas encaramadas al coral.

Por mi cara adivinó que me gustaba la langosta y casi sin avisar se tiró al agua armado con una vara de bambú en la que había una lazada en uno de los extremos. Yo me quedaría a bordo para mantener el barco en el sitio sin echar el ancla. Los gitanos del mar nunca utilizan el ancla en los arrecifes, así no los dañan.

Y gracias al bueno de Noki casi me da un ataque de nervios. El tío se tiró abajo más de cinco minutos a pelo sin subir a coger aire. ¿Sabéis lo que son cinco minutos de reloj esperando a que subiera mientras le veía en el fondo tan tranquilo?. Se me hizo interminable. Finalmente apareció con una sonrisa de oreja a oreja y cuatro langostas colgando de su cintura. Cuando le dije que no me hiciera eso nunca más, que estaba de los nervios, me contestó que no me preocupara, que sólo estaba escogiendo las langostas de más edad entre todas las que había.


Me acordé de mi mundo y pensé que én Occidente más de uno se habría quedado allí hasta dejar aquel arrecife vacío de pescado, pero Noki sólo cogió aquellas cuatro langostas, íbamos a ser cuatro para cenar y ya era más que suficiente. Y además, no sé cómo, pero sabía perfectamente cuáles eran las que habían vivido ya lo suficiente como para acabar en la cazuela y evitó coger otras más jovenes. Los gitanos del mar sólo pescan lo que van a comer y si alguna vez cogen de más es para venderlo cuando necesitan algo de dinero o para secarlo y tener provisiones cuando el estado de la mar les impida pescar.

La cena fue exquisita. Junto a las langostas Noki preparó una deliciosa salsa de tamarindo y leche de coco, para chuparse los dedos. Y lo mejor es que salió gratis, las langostas las pescó en un santiamén y los tamarindos y los cocoteros están allí para el que quiera aprovecharlos. Bueno, a decir verdad yo compré el postre, una botella del consabido ron local para amenizar la tertulia bajo las estrellas, una velada inolvidable.

viernes, 20 de agosto de 2010

BODORRIO EN KOH LIPE


Ayer tuvimos boda, pero no vayáis a pensar que era yo el que se casaba, se trataba del enlace de la encantadora parejita que veis en la foto. El banquete se celebró en la playa y estaban invitados todos los habitantes de la isla tailandesa de Koh Lipe, y por supuesto los escasos veinte viajeros que andamos por aquí en esta época.

Koh Lipe es una isla de ensueño, uno de esos lugares donde el tiempo se detiene y la vida transcurre plácidamente. Y más en temporada baja como estamos ahora. Al estar situada en el Mar de Andaman, al oeste del país, recibe de lleno los monzones del suroeste entre Junio y Noviembre, y muy poca gente pasa por aquí en estas fechas. Prácticamente toda la infraestructura turística está cerrada a cal y canto, tan sólo resisten un par de hotelitos y algún restaurante.

Sus habitantes aprovechan estos meses para descansar del ajetreo que supone la temporada alta e ir adecentando y renovando sus pequeños negocios, que en muchos casos habrán quedado arrasados por las primeras lluvias fuertes del monzón. La mayoría de sus garitos están hechos de madera, bambú y hoja de palma, y se destruyen tan fácil como se construyen.

Sin embargo ya ha pasado lo peor de los monzones, ahora las lluvias son más escasas, tan sólo algún espectacular chaparrón que se ve llegar a lo lejos cuando el cielo empieza a oscurecerse y se van condensando nubes de todas las formas y colores, un espectáculo precioso. Y después de la tempestad viene la calma, el ambiente se refresca y vuelve a salir el sol con mayor nitidez si cabe.

Y sobra decir que en esta época los isleños viven mucho más relajados y el contacto con ellos se hace más fácil y auténtico. Para ellos estos meses no son tiempos de hacer dinero y te abren las puertas de sus casas de una forma natural. Aparte de la boda casi todos los días me han invitado a conocer algún hogar, la escuela, a comer e incluso a salir a pescar.


Por estas fechas la temporada alta de Tailandia se centra en las islas del otro lado, al este del país, en el Golfo. Por supuesto pasaré por allí, sobre todo por Koh Tao, pero un poco más adelante. Una de las causas que me trajeron a Koh Lipe fue que al estar en pleno mes de Agosto, cuando más gente viaja, no quería llegar a un sitio atestado y desilusionarme viendo como bajaban muchos enteros las expectativas que tenía de tal o cual lugar. Buscaba algo fuera de ruta y por eso elegí este pequeño paraíso, sabiendo que muy poca gente vendría por aquí en esta época y que los pocos que lo harían tendrían seguramente muchos puntos en común conmigo. Y así ha sido, sin lugar a dudas recomiendo visitar Koh Lipe en época de monzones.

Y de la boda qué puedo decir, aparte de que hoy tengo una resaca de campeonato producto de las cantidades industriales de samsom (el ron local) con el que nos agasajaron. No estuve en la ceremonia, pero el banquete se asimilaba bastante a cualquier boda occidental. Los novios saludaban pacientemente a todos los invitados, los cuales les daban algo de pasta, la gente comía y bebía hasta reventar, los niños revoloteaban sin cesar entre las mesas, los borrachines prematuros eran los primeros en lanzarse a la improvisada pista de baile, jovenzuelas y jovenzuelos aprovechaban la ocasión para lanzarse los tejos, y el discjockey acababa agobiado y desbordado ante tantas peticiones.

Lo mejor era el lugar elegido para el banquete, un chiringuito en plena playa. Esto hacía que los novios eran los únicos que vestían decentemente, mientras que el resto de comensales andábamos descalzos y medio despelotados alternando baños entre plato y plato. Y nosotros, los farang, los extranjeros que estábamos allí disfrutamos como enanos y aprovechamos para conocer a todo el pueblo. Es curioso, en este viaje estoy asistiendo a más bodas que en mi vida normal occidental. En menos de un año la de ayer fue la tercera, en la India tuve el honor de ser invitado a otras dos.

martes, 10 de agosto de 2010

DE CUANDO LLEGUÉ A GOA


Llegué a Goa a principios de Febrero, cuando ya llevaba unos cuatro meses y medio de viaje, descubrí un paraíso y además me reencontré con el mar, con el Mar de Arabia en este caso. Hasta entonces había disfrutado de paisajes tan envolventes como las montañas del Himalaya, la jungla del Terai nepalés o el desierto de Thar rajastaní, pero echaba de menos el mar.

Nunca había estado tanto tiempo seguido sin verlo y necesitaba olerlo, escucharlo, dejar que el salitre penetrara otra vez por cada uno de los poros de mi piel y volviera a correr por mis venas. Desde que tengo uso de razón el mar siempre me ha acompañado y una vez que dejé el Cantábrico fijé mi residencia en una isla del Atlántico, y no en una cualquiera sino en una de las llamadas Afortunadas.

Venía en tren procedente de Bombay, que también tiene mar pero se asemeja más a una cloaca, y nada más apearme en un pueblo del norte de Goa recibí una bendición, un abrazo tropical. Y es que Goa huele a mar, y a verde, a aceite de coco y a miel de palma, a mango fresco y a pescado a la parrilla. Desde la estación compartí taxi con una viajera californiana hasta el pueblito costero de Arambol, y nada más llegar nos recibió una preciosa puesta de sol, una bola de fuego cayendo sobre el Mar de Arabia. Entonces supe que me iba a quedar en aquel lugar unas cuantas semanas cargando pilas. Una de las cosas que he aprendido acerca de los viajes de larga duración es que el cuerpo humano funciona como una especie de artefacto que carga y descarga baterías constantemente.


Antes de comenzar mi viaje pensaba que Goa no era más que un pueblo costero del Mar de Arabia, un famoso lugar que pusieron de moda los hippies de los sesenta que llegaban aquí a descansar en sus playas después de atravesar lugares míticos como Kabul, Kathmandu o Risikesh. También creía que ese paraíso había desaparecido por culpa de su fama transformándose en un destino vacacional de primer orden dirigido al turismo de vuelo charter, hotel y playa. Otros me habían dicho que en Goa no encontraría la India real, la verdadera India, que allí sólo acudía gente en busca de fiesta a causa de sus relajadas leyes respecto al alcohol y las drogas, jóvenes que empalmaban una fiesta con otra y andaban colocados durante toda su estancia en la zona.

Pero las cosas hay que comprobarlas por uno mismo y me llevé una grata sorpresa al ver que Goa es uno de esos lugares en el que al menos yo podría vivir tranquilamente unos cuantos años. Para empezar Goa no es un pueblo sino un estado, el más pequeño de la India eso sí, pero tiene una preciosa costa de unos cien kilometros donde abundan bosques tropicales, caudalosos ríos, acantilados, playas desiertas y otras no tanto, un lugar para todos los gustos donde cualquiera puede encontrar lo que busca.


En Goa también hay mayor calidad de vida que en el resto del país y eso se traduce en mejores índices de educación, sanidad y limpieza. El tráfico no es tan caótico, la mayoría de la gente disfruta de agua corriente y alcantarillado, y en algunas capas de población quizás se pueda apreciar pobreza, pero no miseria, hay una enorme diferencia entre estos dos términos. Y al estar ubicada en pleno trópico la gente lleva un ritmo de vida mucho más pausado, desaparece inmediatamente ese acoso al que te ves sometido en otras zonas del país.

Y en cuanto a la apreciación de algunos cuando dicen que no refleja la verdadera India yo pensaba, pero bueno, y cuál es la verdadera India, ¿acaso hay una parte más auténtica que otra?. El país es tan grande, tan vasto, tan diferente un lugar a otro respecto a su demografía, su cultura, su lenguaje, sus paisajes, sus creencias, que son mil mundos en uno sólo, no hay un lugar al que se pueda llamar más indio que otro, y ahí es donde reside su pricipal atractivo.


Goa fue colonizada por los portugueses y se reunificó con el resto del país en los años sesenta, no hace tanto. Tras la independencia de la India en 1947 los portugueses se hicieron los locos y no fue hasta veinte años después cuando se largaron. No obstante su legado cultural y artístico es riquísimo y se nota su herencia en el día a día. La mayor diferencia con el resto del país es que aquí casi todos son cristianos, la inquisición entró a cuchillo en Goa y casi todo el mundo se convirtió para evitar la hoguera, los que no pasaron por el aro tuvieron que emigrar a los estados vecinos de Karnataka y Maharastra. Y si en algo me vino bien el que aquí fueran cristianos es que está la veda abierta para las vacas y por fin pude ponerme morado a comer carne de ternera.

Y respecto al tópico de las fiestas playeras y las noches sin fin pues sí, haberlas haylas, no con ese carácter hippie de hace años, algo más indo-electrónicas, pero están localizadas en un par de puntos de la costa. Por otra parte existen otros lugares donde el ambiente es mucho más tranquilo y otros donde se puede ver un turismo más enfocado al de vuelo charter, hotelito a pie de playa y punto, que no les saquen de allí. Pero ya digo que la oferta es amplia y hay donde elegir. Y cuando has vivido el puritanismo de otros estados de la India confieso que recibes con los brazos abiertos el poder salir a tomar unas copas, ver música en directo y estar de marcha hasta las tantas, además Goa tiene los impuestos más bajos del país en materia de alcohol y las birras salen regaladas.


Así que al final y entre una cosa y otra me quede unos dos meses por la zona de Goa, la Sodoma y Gomorra del país para los puristas hindúes. Comencé por Arambol, al norte del estado, y acabe en Palolem, en el sur. Entre un sitio y otro utilicé mis piernas para desplazarme y acabé recorriendo gran parte de su costa caminando por la orilla del Mar de Arabia, parando donde y cuando me daba la gana, una delicia y otra etapa inolvidable de este "billete de ida". Pero eso será otra historia.

martes, 3 de agosto de 2010

LOS TIGRES DE MOMPRACEM


Supongo que a los de mi generación les habrá sonado de algo el título de este post. Si rebobinan sus recuerdos hasta la infancia seguro que les ha venido a la cabeza Sandokan, el Tigre de Malasia, aquella saga de extraordinarias aventuras escrita por Emilio Salgari que muchos descubrimos gracias a una serie que echaban por televisión. En la escueta programación de aquella época era de lo poco que valía la pena y Sandokan junto a los dibujos animados de Meteoro nos tenía a muchos totalmente enganchados.

También estaban los Chiripitifláuticos, pero éstos me daban bastante grima. Valentina era una repipi sabelotodo, Locomotoro un loco de atar, el Tío Aquiles daba pena y al Capitán Tan se le notaba que no había salido de casa en su vida, a pesar de sus batallitas y de vestir siempre en plan safari, con su salakot y todo. No se salvaban ni los Hermanos Malasombra. Algo después, con la llegada de la tele a color, entraron en nuestras casas Mazinger Z y Pippi Calzaslargas, que no estaban nada mal. Por cierto, en aquella España gris y franquista resultaba de lo más extraño ver a Afrodita A, la novia-robot de Mazinger, lanzar sus tetas en forma de misiles al grito de "pechos fuera"; o ver a Pippi Langstrump, que siendo una niña vivía sola en una casa que te cagas, con un caballo y un mono dentro, en medio de un monumental desorden. Todos queríamos ser como Pippi, o al menos tener una novia así.

Pero volviendo al tema que nos ocupa, el caso es que Sandokan volvió a mi mente al llegar a Malasia, concretamente a Borneo. Sandokan era un príncipe borneano desposeído de su trono por los colonizadores británicos y dedicó el resto de su vida a la piratería junto a un grupo de fieles formado por indígenas dayakos recorriendo las islas del mar de Sulu, el de Célebes, el del Sur de China, el estrecho de Balabac y la península malaya, combatiendo a los ingleses con la intención de recuperar su trono.

Me habría gustado adentrarme en los escritos de Salgari descubriendo alguno de esos lugares que mencionaba, o incluso comprobar si siguen existiendo esos temibles piratas, pero la realidad es que Malasia ha cambiado mucho. Pasé por la isla de Labuan, donde se supone que vivía el portugues Yáñez, compañero inseparable de Sandokan, y donde también nació una mujer de exuberante belleza de la cual cayó perdidamente enamorado nuestro protagonista, la Perla de Labuan.

Pero Labuan hoy en día ha perdido ese romanticismo que reflejaba Salgari. No hay ningún testimonio que nos haga recordar a Sandokan. La isla es un estado federal dentro de Malasia con un estatus de zona off-shore, un paraíso sí, pero un paraíso fiscal donde establecen su sede cientos de bancos asiáticos, compañías de inversión y grandes corporaciones, con lo que la isla está llena de modernos edificios, hoteles de lujo y casinos. Su único nexo con el pasado es algún monumento que recuerda a los soldados australianos caídos durante la segunda guerra mundial mientras luchaban por liberar Borneo de los invasores japoneses. Y para mi desgracia tampoco me topé con niguna Perla de Labuan.


Y de la isla de Mompracem, aquel lugar que servía de refugio a Sandokan y sus tigres no hay ni rastro. Por más que pregunto a la gente local nadie sabe de su existencia, he buscado y rebuscado en mapas, en internet y en googlearth, pero nada, es como si se la hubiese tragado el océano. Parece ser que Mompracem sólo existió en la imaginación de Salgari, no son pocos los escritores que recrean lugares inexistentes y los describen tan bien que parecen reales, para esos son los dueños de sus libros y con su pluma pueden inventar mil mundos inimaginables.

Los piratas siguen existiendo, claro está, pero son piratas como los que vemos en las noticias relacionadas con Somalia, navegando en planeadoras con motores fuera borda de doscientos caballos y armados con kalashnikov. La verdad es que después de conocer a los dayakos me cuesta imaginarlos en papel de sangrientos corsarios, al principio pensaba encontrar gente con todo el cuerpo tatuado, llevando taparrabos y cazando con cerbatana, pero los dayakos del siglo XXI visten al estilo rapero y se pasan el día enredando con su teléfonos móviles y comunicándose por Facebook. Además son una gente encantadora, respetuosa, tranquila, educada y se desviven por que te encuentres a gusto y no te falte de nada.

Hasta hace pocos años años la zona de mayor actividad pirata se encontraba en el estrecho de Malasia, entre la península y Sumatra, por donde pasan todos los barcos mercantes y de recreo que van y vienen del subcontinete indio. Pero ante el mayor control y la cooperación entre Malasia, Singapur e Indonesia para erradicar el problema se han ido desplazando al este de Borneo. Allí existe un enorme entramado de islas e islotes donde las fronteras son difusas y la jungla llega hasta el borde del mar, ofreciendo un perfecto refugio natural para los piratas.

Estando en Sandakan, un lugar que al menos me recordó a Sandokan, quise acercarme por unos días al archipiélago de las islas Sulu, al suroeste de Mindanao y pertenecientes a Filipinas, pero me quitaron la idea de la cabeza. Al parecer no sólo están llenas de piratas, también hay una guerrilla musulmana que combate al gobierno filipino por la independencia de Mindanao, y lo que es peor, una adormecida base de operaciones de Al Qaeda cuyo principal pasatiempo debe ser secuestrar viajeros occidentales despistados. La verdad es que los piratas y la guerrilla me daban igual, podía mantenerme al margen de eso, pero cuando oí lo de Al Qaeda pensé: "ostras, viajero...occidental...despistado...¡ese soy yo!", y por una vez hice caso al sentido común.

lunes, 26 de julio de 2010

BRUNEI DARUSSALAM


Brunei es un pequeño país situado al norte de Borneo entre las provincias malayas de Sarawak y Sabah, un lugar de paso obligatorio si te desplazas por carretera por el norte de la isla que merece una visita de unos días, ya que cuando menos resulta curioso. Todo su subsuelo es una bolsa de petroleo y gas natural que hace que este sultanato sea uno de los países más ricos del mundo.

En la misma frontera y a pesar de la facilidad de los trámites aduaneros enseguida te das cuenta de su carácter islámico, sobre todo cuando te preguntan si llevas encima alcohol o revistas pornográficas, algo estrictamente prohibido en el país y castigado con penas de unos cuantos azotes con una vara de bambú. De todas formas hay libertad religiosa y más o menos un treinta por ciento de la creencias son budistas, cristianas o cultos indígenas.

Al igual que me ocurrió con Sri Lanka entré en el país sin saber que se celebraba su mayor fiesta, lo que animó mucho mi visita. Pero esta vez no se trataba de ninguna celebración religiosa o la conmemoración de su independencia ni nada por el estilo. El mayor fiestorro de Brunei, su aste nagusia, es el cumpleaños del sultán, ¡manda huevos!. Su capital, Bandar Seri Begawan, estaba totalmente engalanada de carteles gigantes con la imagen del sultán, guirnaldas, banderas, lucecitas, de noche parecía una especie de Las Vegas al estilo oriental. Y por toda la ciudad había desfiles, representaciones y conciertos. Y el sultán dándose su baño de masas anual, naturalmente.

Me hacían mucha gracia los carteles que felicitaban al sultán. Todos estaban patrocinados por empresas, supongo que el gobierno tomará nota de las que no pongan su cartelito, y eran una especie de mezcla entre los típicos de propaganda comunista y los que se le ocurrió poner al impresentable de Dimas Martín durante unas elecciones en Lanzarote. El sultán con los pescadores, el sultán con los agricultores, con los niños, en una cadena de producción, etc, etc.


Y es que el sultán Haji Hassanal Bolkiah gobierna Brunei con mano de hiero desde los años sesenta y su dinastía está implantada en el país desde el siglo XVI. En el año 2004 se celebraron unas elecciones de risa, donde la mujer tenía prohibido el derecho al sufragio y sólo se podía elegir al treinta por ciento del parlamento, el otro setenta por ciento está elegido a dedo por el propio sultán. Así pues, el sultán es el cabeza de la religión islámica y ostenta los cargos de primer ministro, ministro de defensa y economía. El ministro de exteriores es un hijo suyo, el de trabajo otro y así todo.

Sin embargo da la impresión de que todo el mundo le adora, supongo que habrá voces discordantes pero será muy difícil hacerlas en público. Y me imagino que esa especie de devoción será debida en parte al alto nivel de vida que tienen los bruneanos, aunque dicen que el petroleo se acabará en unas décadas, ya veremos qué ocurre entonces. En su defensa dicen que en vez de haber convertido el país en una dictadura bananera el gobierno revierte su riqueza a todos los estratos de población.

Los datos económicos son abrumadores, el paro es una palabra que no existe en su diccionario. La educación y la sanidad son gratuitas y de una calidad tan alta que no existen centros de enseñanza u hospitales privados, no tendría sentido. Tampoco se pagan impuestos y un dato curioso es que a la hora de comprar una casa nadie recurre a los bancos, el propio gobierno presta el dinero a un interés casi nulo y sin comisiones de apertura, estudio, formalización, ni gastos notariales. Y el precio de la gasolina está a 0,30€.


Por lo demás parece un país artificial. El interior es pura jungla y casi toda la población vive en la costa, en la capital o en lujosas urbanizaciones de chalecitos adosados. Hay cantidad de parques y zonas verdes y las calles están inmaculadas, tirar un papelito supone la correspondiente tanda de azotes, así que se puede comer en el suelo. Por el día parece un país dormido pero al caer la noche aparecen de la nada cantidad de mercados callejeros donde la comida es baratísima. Eso sí, debido a la prohibición del alcohol la marcha es escasa y no existe nada parecido a un bar, un pub, y mucho menos una discoteca.

Otra de las curiosidades de Brunei es la excelente carne de ternera que hay en cualquier garito, no había catado un solomillo así desde que deje Nepal. El caso es que no había visto una sóla vaca en todo el país, ¿de dónde salían esos jugosos enteecots y esas chuletas?. Pues resulta que el gobierno tiene en Australia unas explotaciones ganaderas mayores que su propio país y cuando llega su hora importan el ganado vivo para sacrificarlo según la norma que dicta el corán. El cordero también está para chuparse los dedos, y el pescado y el marisco fresco y abundante.

Y entre la limpieza impoluta de Bandar Seri Begawan el barrio que más me gustó fue el Kampung Ayer, un laberinto de casas flotantes sobre el río unidas unas a otras por un sistema de rudimentarios pantalanes. Desde lejos parece una zona de chabolas, algo que choca entre tanta riqueza, pero a medida que te vas acercando ves que esas humildes casas de madera tienen dentro todas la comodidades. En una de ellas me invitaron a pasar y tomar un té y me explicaron que casi todas están habitadas por indígenas kedayat, belait, iban, kelabit, y otros de las zonas del interior. Gente que había acudido a la capital a trabajar pero que no podían acostumbrarse a vivir en edificios de hormigón. Viviendo encima del río se sentían más cerca de su ancestral forma de vida.

miércoles, 21 de julio de 2010

"KOLAMS" EN EL SUR DE INDIA


Quien haya visitado el sur de la India se habrá sorprendido de la cantidad de dibujos en el suelo que suele haber a la entrada de las casas y algunos comercios. Se trata de los llamados kolams y se ven principalmente en los estados de Karnataka y Tamil Nadu, así como en Kerala. También se pueden encontrar en las zonas tamiles de Sri Lanka.

Normalmente son las mujeres de la casa quienes los dibujan y la técnica pasa de generación en generación. Un kolam se hace básicamente con arroz en polvo, aunque los más complejos llevan polvo de ladrillo pulverizado o de piedra caliza. Ultimamante se usa también tiza de diferentes colores y se pueden ver desde simples líneas trazadas de color blanco hasta enormes y complejos dibujos geométricos de colores adornados con pétalos de flores machacados en un mortero.

Para confeccionar un buen kolam es necesario en primer lugar limpiar la tierra y humedecerla con agua antes de que salga el sol para que quede bien asentada. Después se dibujan unos puntos y alrededor de éstos se van trazando líneas que van pasando de un punto a otro hasta conseguir un precioso dibujo. Es muy importante guardar la simetría y los más bellos son los que consiguen el dibujo más enrevesado de un sólo trazo.


Al final del día apenas quedará rastro del kolam, el viento o la lluvia lo habrá ido borrando, la gente pasará por encima o los pájaros, gallinas y hormigas irán dando cuenta de los trocitos de arroz. No hay ningún problema, antes del siguiente amanecer se hará otro y así sucesivamente. Eso sí, el nuevo kolam nunca será similar al del día anterior y cada familia guardará celosamente sus numerosos diseños en cuadernos bien escondidos y protegidos de la mirada de cualquier intruso.

Y como no podía ser menos en un país como la India la creación de un kolam tiene un significado religioso. Normalmente se dedican a Lakhsmi, la diosa de la prosperidad, para que traiga salud y bienestar al hogar, y sirven para ahuyentar a los malos espíritus. Por otra parte dan una idea de como lleva la casa la mujer que los realiza, se supone que cuanto más elaborados sean más ordenado y limpio estará su hogar.

Aunque ésto es también algo relativo y a menudo tiene que ver con las castas, ya que en los hogares de los brahmines las mujeres no dan un palo al agua, para eso están los sirvientes, y tienen todo el tiempo del mundo y los mejores materiales para crear un bonito kolam, mientras que las mujeres pobres se conforman con realizar uno de la manera más básica posible, uno rápido y sencillo.

viernes, 16 de julio de 2010

LA IMPORTANCIA DE LLEVAR PAPEL Y BOLI EN LA MONTAÑA


Ahora me encuentro en un diminuto país de la isla de Borneo llamado Brunei Darussalam (Brunei para los amigos), uno de esos sultanatos islámicos terriblemente ricos que antes de comenzar este viaje hubiera sido incapaz de situar en el mapa. Pero de momento os voy a seguir deleitando, o aburriendo, con otra pequeña crónica de mi paso por el Himalaya.

Salí una mañana de Manang acompañado de Cristina & Cristina con el firme propósito de afrontar las etapas más peliagudas de nuestra vuelta a los Annapurnas. Después de cuatro horas de subida con alguna parada para tomar un té y recuperarnos un poco del esfuerzo de caminar a esa altura llegamos a Yak Karka, una pequeña aldea a cuatro mil metros de altitud.

Allí hicimos otra parada para hacer un balance de la situación. Habíamos superado un desnivel de unos quinientos metros con respecto a Manang, pero viendo que nos encontrábamos bien y el sol calentaba al ser todavía mediodía decidimos seguir la marcha hasta Letdar, a unos cuatro mil doscientos metros sobre el nivel del mar.

De Yak Karka para arriba empezamos a ver las primeras placas de hielo y unas rampas bastante empinadas, así que nuestro pequeño pelotón se estiró. Delante iba una de las Cristinas, a un ritmo endiablado, subiendo como una cabra montesa. Yo me encontraba en el medio y la otra Cristina estaba más abajo, algo rezagada.

Al llegar a un pequeño llano me paré a descansar en un chorten. Los chorten son unas estructuras hechas con un montón de piedras grandes y planas apiladas que sirven para ofrecer descanso a lugareños, montañeros y porteadores. Para los budistas de la zona construir un chorten al menos una vez en la vida mejora mucho su kharma, de cara a su próxima reencarnación, así que te encuentras cantidad de ellos repartidos a lo largo de todo el recorrido.


Y allí estaba yo, viendo a una de las chicas que seguía tirando para arriba a toda leche, y algo preocupado porque miraba hacia abajo y no había ni rastro de la otra, algo iba mal. Veía un punto subiendo hacia donde yo me encontraba, pero por la forma de moverse era un hombre. Cuando llegó a mi altura comprobé que se trataba de un americano que se acercó hasta mí y me dijo: "Eres Oscar, supongo".

Aquello me recordó a lo de "Dr.Livingstone, supongo", me extrañó mucho que supiera mi nombre y por mi cabeza pasaron varias cosas:
1.- "Claro, todo el mundo en esta ruta ha oído hablar de mis habilidades alpinistas y el tío me ha reconocido". Esto, por supuesto, no tenía ningún sentido.
2.- "Joder, ¿hasta aquí llegan los de hacienda?". Esto también estaba fuera de lugar porque estoy en paz con el fisco, o al menos eso creo.
3.- "A ver si va a ser alguien de recursos humanos de mi empresa que viene a buscarme para volver al trabajo". Pero no, ese sujeto no tenía ninguna pinta de trabajar en una empresa como la mía.

Deseché esos estúpidos pensamientos producto quizás de la empanada mental que se sufre a esa altura cuando el buen hombre se quitó los guantes paciéntemente, sacó un papelito de un bolsillo y me lo entregó. Efectivamente, se trataba del papelito que aparece en la primera foto de este post: "Cristina, Oscar, no puedo seguir". ¡Ostras!, mis temores se habían confirmado, algo iba mal.

Me desgañité pegando gritos a la primera Cristina aún a riesgo de despertar al mismísimo Yeti, pero temía que al estar tan ariba no me oyera. Por suerte me oyó y por mis gestos intuyó que algo pasaba. Regresó rápidamente, la seguí como pude y más abajo nos encontramos a Cristina sentada a un lado del camino. Sentía una especie de presión en el pecho que le impedía respirar con normalidad y con muy buen criterio decidió parar inmediátamente en vez de seguir ganado altura.


Y además tuvo la buenísima idea de escribir una nota y entregársela al primero que pasara confiando en que tarde o temprano nos daría alcance mientras esperábamos en algún lugar. Afortunadamanete la cosa no fue a mayores, retrocedimos hasta Yak Karka y pasamos la noche allí, eso sí, en uno de los alojamientos más cutres de toda la travesía cuyos propietarios estaban totalmente zumbados. Pero pasamos una jornada estupenda descansando al calor del sol hasta que se ocultó y después seguimos en el comedor al calor de la estufa acompañados de varios porteadores que andaban por allí y de los escasos habitantes de ese villorrio.

Durante todo el trekking vi varias expediciones, algunas parecían militarizadas, formadas sobre todo por rusos o polacos, que se comunicaban con walkie-talkies o por medio de aparatosos y pesados teléfonos vía satélite, pero a nosotros nos sirvió una simple nota en un pequeño papel. En cualquier momento conviene tener a mano papel y lápiz, y ya véis que es de gran utilidad hasta en la montaña, así que ya sabéis, si alguna vez os da por hacer la vuelta a los Annapurnas incluidlo en vuestro equipaje.

A la mañana siguiente Cristina se levantó del catre totalmente recuperada y seguimos nuestra ascensión sin ningún problema. Bueno, tengo que confesar que en Thorung Pedi, el campo base antes de la definitiva ascensión al Thorung La, nuestro pecho sufrió de lo lindo, pero esta vez fue producto del atracón de risas que nos pegamos, debió ser la famosa borrachera mental de las alturas.

Nota: la primera foto de este post, la del famoso papelito, fue tomada por Cristina Martín y robada de su página de facebook de manera miserable por el autor de este blog. Por favor, Cris, no me denuncies por derechos de autor y esas cosas. Un besazo para las dos.

domingo, 11 de julio de 2010

"NO ECHES RAICES, NO TE ESTABLEZCAS"


Llevo ya diez meses de viaje y cada vez me gusta más este estilo de vida, algunos me preguntan si no estoy cansado de tanto deambular de aquí para allá, si tengo alguna fecha prevista de vuelta, si no echo de menos a mi gente o un hogar estable. Por supuesto que me acuerdo mucho de los míos y hay veces que te cansas de cambiar de cama cada dos por tres, pero sinceramente seguiría así mucho tiempo más, siento que ahora estoy viviendo plenamente y es una sensación maravillosa no saber qué va a pasar mañana, los sitios que me voy a encontrar o la gente que voy a conocer.

Si me paro a describiros mis sensaciones y reflexiones este capítulo no acabaría nunca, pero hace un momento me he acordado de un precioso libro de John Krakauer que leí hace un par de años, cuando curiosamente también me encontraba viajando por Asia. Se titula "Into the Wild", fue traducido al español como "Hacia rutas salvajes", y Sean Penn lo hizo famoso llevándolo a las pantallas de cine. Como suele ocurrir está bastante mejor el libro, profundiza mucho más en la historia del protagonista y en la de otros viajeros que iniciaron un tipo de viaje especial, quizás un viaje hacia sí mismos. Pero la película de Penn también quedó muy bien, supo condensar perfectamente lo más importante del libro y lo acompañó de una maravillosa fotografía y una envolvente banda sonora a cargo de Eddie Vedder, el cantante de Pearl Jam.

Es una historia real basada en la vida de Chris Mc Candless, un chico de venticuatro años, recién licenciado, miembro de una familia adinerada, que rompió con todo y se dedicó a viajar con lo puesto por los Estados Unidos hasta llegar a Alaska, donde vivió unos meses totalmente aislado hasta que murió. Para unos fue un idealista, para otros un estúpido, para mí fue ante todo un chaval que le echó un par de pelotas, vivió y dejó vivir, y además dejó una profunda huella entre las personas que le conocieron durante su nomadeo. A continuación os dejo alguno de los textos que escribió mientras viajaba, en este caso un extracto de una carta dirigida a un amigo suyo que, cuando menos, invita a una profunda reflexión.


"...Deberías cambiar radicalmente de estilo de vida y empezar a hacer cosas que antes ni siquiera imaginabas o que nunca te habías atrevido a hacer. Se audaz. Son demasiadas las personas que se sienten infelices y que no toman la iniciativa de cambiar su situación porque se les ha condicionado para que acepten una vida basada en la estabilidad, las convenciones y el conformismo. Tal vez parezca que todo eso nos proporciona serenidad, pero en realidad no hay nada más perjudicial para el espíritu aventurero del hombre que la idea de un futuro estable. El núcleo esencial del alma humana es la pasión por la aventura. La dicha de vivir proviene de nuestros encuentros con experiencias nuevas y de ahí que no haya mejor dicha que vivir con unos horizontes que cambian sin cesar, con un sol que es nuevo y distinto cada día. No eches raíces, no te establezcas. Cambia a menudo de lugar, lleva una vida nómada, renueva cada día tus expectativas. No necesitas tener a alguien contigo para traer una nueva luz a tu vida. Está ahí fuera, sencillamente..."

miércoles, 7 de julio de 2010

CARRERAS DE CABALLOS EN EL HIMALAYA



Para refrescarme un poco del calor del trópico voy a retroceder unos meses en mi viaje, hasta Octubre pasado, cuando estaba de trekking por el Himalaya. Andaba entonces por la aldea de Manang, un enclave estratégico en la vuelta a los Annapurnas situado a 3500m sobre el nivel del mar.

Manang es el poblado más importante de esa zona de Nepal, una aldea pegada a la ladera de una montaña donde habitan unas quinientas almas, budistas tibetanos huídos de su país a causa de la indecente ocupación china o descendientes de éstos. Más arriba no hay prácticamente ningún núcleo de población, tan sólo un par de lugares que ofrecen alojamiento y comida a los montañeros o algún asentamiento que utilizan los pastores de yaks de la zona para resguardarse.

Manang es el lugar que eligen casi todos los viajeros para descansar un par de días de la paliza de las jornadas anteriores y de paso aclimatarse a la altura. Es un punto clave, es allí donde tienes que hacer un examen de tu cuerpo y de tu cabeza y decidir si continuas hacia arriba, hasta los 5400m del Thorung Lah, o te das la vuelta y tiras hacia abajo. Es una decisión importante que no hay que tomársela a la ligera.



Todo ésto hace que la calle principal del pueblo, la única que se asienta en una pequeña llanura, esté llena de guesthouses, rudimentarios restaurantes, panaderías, tiendas de abastos, de souvenirs tibetanos o de zapateros remendones que arreglan las sufridas botas de algunos montañeros. También hay una farmacia, internet a precio de oro, una especie de establo que hace las veces de cine, y lo más importante, un centro médico donde tratar los posibles casos de mal de altura. Mientras estaba yo por allí murió una chica inglesa a causa de un edema cerebral, la bajaron al centro demasiado tarde, pero entonces no dije nada para no asustar a la familia.

Además, es un lugar donde se pueden encontrar con facilidad porteadores o guías, e incluso mulas para llevarte el equipaje, y muchos de los que han subido hasta aquí por su cuenta acaban recurriendo a ellos. El problema está en que cuanto más arriba contrates los servicios de esta gente más caro te saldrá. Yo no necesité ninguna ayuda extra, entre otras cosas porque me encontraba bastante bien y además me quedé en ese idílico lugar cinco días en vez de los dos que pasan la mayoría de los montañeros. No tenía ninguna prisa y realicé una aclimatación perfecta, de Manang para arriba todo fue coser y cantar, gracias también a la compañía de Cristina & Cristina, dos encantadoras madrileñas a las que me uní formando un gran equipo.

Había quien me preguntaba para qué me iba a quedar tantos días allí, en medio de la nada. ¿En medio de la nada?, en medio de todo diría yo. Un precioso valle donde tenías encima cumbres de más de siete mil metros, el Annapurna II, el Gangapurna con su imponente glaciar, el Tilicho y otros más. En sus alrededores había caudalosos ríos, cuevas, monasterios budistas...Esos cinco días fueron una maravilla, días de amaneceres mágicos, charlas con otros trekkers y lugareños alrededor de una estufa de leña y un termo con té, excursiones a algún poblado cercano ganando altura para volver a bajar y mejorar la aclimatación, visitas a alguno de esos monasterios donde resuenan esa especie de gigantes trompetas tibetanas, bueno, y también el lama de turno que después de una interesante charla te pide doscientas rupias para mantener el templo, ya se sabe cómo son las religiones.



Y sobre todo me encantó vivir el día a día de sus habitantes, gente dura y noble, curtida por el clima de la zona y sus elementos, acostumbrados a vivir sin carreteras y caminar lo que haga falta para conseguir cualquier cosa, siempre subiendo y bajando. Impresionaba ver, por ejemplo, a unos pastores despellejando un yak y cortarlo en piezas en cuestión de minutos, o a una anciana viniendo de yo que sé dónde con una carga de cincuenta kilos a la espalda. Y al caer la tarde acababan dando vueltas alrededor de la stupa budista del centro del pueblo charlando y girando las ruedas de oración para expandir al viento sus plegarias.

Durante mi estancia en Manang también coincidí con la celebración del festival del caballo, así lo llamaban ellos, todo un acontecimiento social que atraía a jinetes de toda la comarca a lomos de sus caballos tibetanos, y en una pequeña aldea donde nunca pasa nada se toman estas cosas como un auténtico fiestón. Primero iban llegando los jinetes a la calle principal todos juntos, tocando tambores y cantando melodías tibetanas, luego se iban retando unos a otros y empezaban a galopar a toda leche por el pueblo.

Pero sin duda lo mejor era el público. Las carreras comenzaban hacia las cuatro de la tarde, cuando los habitantes de la zona terminaban sus quehaceres cotidianos y poco a poco iban llenando todos los espacios libres de la calle. Unos aprovechaban en alguna esquina los últimos rayos de sol antes de que éste se escondiera detrás del Gangapurna, otros se situaban encima de los tejados para tener mejores vistas, y sobre todo se lo pasaban pipa jaleando a los jinetes o partiéndose de risa cuando alguno se caía o su caballo se desbocaba y acababan cabalgando entre el gentío. Eso sí, nunca aplaudían, para un tibetano el aplauso no sirve para animar, sino para ahuyentar los malos espíritus.


jueves, 1 de julio de 2010

EL HOTEL "CHUNG-HIN"


Hace unos días, cuando llegué a Kuching, comenté que tenía la sensación de estar en una zona un poco cutre de la city. El caso es que llegué de noche y como el bus del aeropuerto me dejó cerca del barrio de Chinatown me metí en una de las callejuelas más animadas y entre todos los carteles con luces de neón se distinguían algunos donde aparecía la palabra "hotel".

Los tres primeros estaban llenos y como en el cuarto que pregunté quedaban habitaciones libres no me lo pensé, tenía ganas de dejar la mochila, darme una buena ducha, descansar un rato y salir a cenar. Pero me equivoqué, para empezar me soplaron quince euros (una barbaridad por estos lares) por una especie de nicho en el que cabía la cama y poco más. La ducha no funcionaba y cuando bajé a recepción a ver que pasaba me dieron un cubo y yo me quedé con cara de tonto pensando "y qué hago yo con ésto, ¿darle golpes a la tubería?". La recepcionista me dijo que efectivamente, había un "little problem" pero que si no me importaba cogiera con el cubo agua del lavabo y me lo echara por encima.

Bien, vale, no estaba para discusiones tontas y le hice caso, además tenía ganas de salir a dar una vuelta. Cuando volví por la noche me dí cuenta que había otro "little problem", el ventilador sólo funcionaba a máxima velocidad, así que tenía dos opciones: o dejarlo apagado y asfixiarme de calor o encenderlo y dormir agarrado a los bordes del colchón para no salir volando, ¡vaya nochecita!.

Por la mañana me desperté con un hambre de la leche y recordé que el desayuno venía incluído en el desorbitado precio. Bajé silbando al comedor esperando al menos un suculento buffet oriental y me encontré con unas cuantas de esas latas de noddles precocinados a los que hay que añadirles agua hirviendo para que se reblandezcan, ¡hombre, por favor, que no estamos de camping!. Ni siquiera había café y el té era agua de color marrón.

Automaticamente cogí la mochila y me largué a la busqueda de otro hotel, a ser posible en la esquina opuesta de la ciudad, y esta vez acerté. Me habián hablado de "Tune", una cadena de hoteles low cost que existe en Malasia y pertenece a la compañía aerea "Air Asia", un chollo que recomiendo, habitaciones impresionantes a precios de risa.

Pero cuando abandoné el hotel cutre me fijé en el cartel de la entrada para ver como se llamaba y ahí me dí cuenta del error que cometí. Se supone que un viajero hecho y derecho debe saber donde se mete y yo ni siquiera me había fijado en el nombre del hotel. El jodido antro se llamaba "Chung-Hin", y más que chunguín era chungo de cojones. Así que ya sabéis, si váis a Borneo mirad bien los carteles que aunque estén en una lengua extraña para nosotros hay veces que son bien explícitos y su nombre lo dice todo.

viernes, 25 de junio de 2010

EL MUNDIAL DE FUTBOL Y EL AGENTE DE INMIGRACION


Hace sólo unas horas que he llegado a Borneo procedente de Kuala Lumpur y la entrada ha sido bastante surrealista. Borneo es la mayor isla del sudeste asiático y la comparten tres países. Por un lado están los estados autónomos malayos de Sarawak y Sabah, al norte. Entre ellos se encuentra el diminuto sultanato independiente de Brunei, y al sur la provincia indonesia de Kalimantan.

He llegado en avión (no se puede llegar en barco) a Kuching, la capital de Sarawak, y aunque pertenezca a Malasia es necesario pasar un control de inmigración y poner un nuevo sello en el pasaporte. Y lo que pensaba que iba a ser un mero trámite se ha convertido en un interrogatorio en toda regla, parece que me he puesto en la fila del agente más quisquilloso.

Primero se ha mosqueado con la foto del pasaporte, en éste aparezco con pelo largo y afeitado y ahora mismo llevo el pelo corto y barba de un mes. Con el gesto preocupado me ha dicho que no me parezco en nada y yo le he dicho que bueno, que ya sabe, ando de vacaciones y no tengo obligación de afeitarme. Después ha examinado hoja por hoja todo el pasaporte y me ha dejado caer que eran unas vacaciones un poco extrañas, muchos meses viajando por diferentes países. Le he contestado que no era tan extraño, estoy disfrutando un período sabático e iba a viajar durante una larga temporada.

Pero de repente ha cambiado la cara de perro y me ha ofrecido una sonrisa de oreja a oreja diciéndome que cómo no había ido a Sudáfrica a animar a la selección española. Casi le contesto aquello de "la roja me la trae floja", pero he optado por ser diplomático y le he respondido que habría ido con mucho gusto pero estoy enamorado de Asia y siempre había soñado con visitar Borneo. Entonces, y a pesar de que detrás mío había una cola de gente del copón se me ha enrollado diez minutos contándome que Casillas no andaba fino, que Torres tampoco, que menos mal que está Villa, que el que más le gustaba era Puyol y que a ver si esta noche machacábamos a Chile.

Yo he dicho a todo que sí y le ha dado la razón en cada uno de sus comentarios. Aunque en Malasia puedes estar tres meses con visado de turista en el estado de Sarawak se supone que sólo puedes permanecer un mes, pero mi nuevo amigo aduanero me ha puesto un sello de noventa días y me ha dicho en perfecto español: "Bienvenido a Sarawak, viva España". Y yo, ejem, tragando saliva y diciendo "viva, viva...".

He llegado de noche y sólo llevo cuatro horas en Borneo, pero hasta el momento me ha chocado bastante. Uno se espera que nada más entrar en la isla te encuentres en plena jungla, pero Kuching es una ciudad ultramoderna y no sé si es que me he alojado en la zona más cutre ya que las calles están llenas de turistas chinos borrachos y golfas, y digo ésto con el mayor respeto hacia la profesión más antigua del mundo, pero en fin, no es un ambiente que me entusiasme demasiado.

Dentro de dos días cogeré un barco hasta Sibu y después continuaré navegando hacia el interior siguiendo el curso del río Rajang, al que llaman el Amazonas asiático. Espero que me siga acompañando la suerte porque los habitantes de las selvas de Borneo han sido caníbales hasta no hace mucho, de hecho siguen siendo conocidos como los cazadores de cabezas.

miércoles, 23 de junio de 2010

CAMBIO BRUTAL


Llegué ayer a Kuala Lumpur, capital de Malasia, después de nueve meses de viajar por el subcontinente indio y el cambio fue bastante brusco. Me despedí con mucha pena de Sri Lanka, sólo pasé un mes en esa paradisiaca isla y estuve tentado de quedarme más tiempo pero pensé que ya iba siendo hora de llegar al sudeste asiático. Además, a veces es mejor tomar la decisión de dejar un lugar en el que te encuentras a gusto antes de que llegues a cansarte, de esta manera te quedas con buenos recuerdos y siempre queda un motivo por el que volver.

En Arugam Bay pasé un par de las mejores semanas de mi nomadeo, hice surf a diario, me recuperé del desgaste de la India y disfruté de la compañía de buenos amigos, unos viajeros y otros lugareños, tamiles musulmanes en su mayoría. Arugam Bay es un lugar donde al de unos días notas el cariño de la gente y te sientes como en casa, un sitio verdaderamente especial. Hace más de veinte años estuvo en esta zona un buen amigo, dejémoslo simplemente en Juan porque no le gustan los protagonismos, y su perspectiva de la vida cambió después de ese viaje. Yo estaba seguro que si a Juan le había atrapado ese lugar a mi me ocurriría lo mismo, y así fue.

La pena es que una vez que llegué al este de la isla me apalanqué y deje de visitar otras zonas, como Sigiriya o Anuradhapura, pero bueno, no pasa nada, como ya he dicho tengo claro que volveré, y también tengo claro que este es un viaje en el que no tengo que batir records de kilometraje o de lugares visitados. Me gusta vivir al día, sin presiones ni metas, y donde me encuentro bien allí me quedo. Una vez que llevas tanto tiempo de viaje desaparece ese concepto del viaje en si mismo, simplemente se convierte en una forma de vida, en un nomadeo sin más, una sensación que me encanta, la de ir dando tumbos por el planeta según me vaya apeteciendo. El único peligro está en que Asia me gusta demasiado, me encanta este continente y me temo que mi futuro va a estar aquí, en alguno de esos lugares mágicos que estoy descubriendo.

El cambio de Sri Lanka a Malasia ha sido realmente chocante. Estaba cogiendo olas por la tarde y todavía mojado y ensalitrado me subí a una furgoneta, al de diez horas llegamos al aeropuerto, una cabezada en la terminal, otra en el avión... y de repente Kuala Lumpur. Malasia es uno de los países más prósperos de Asia y su capital me recuerda a Bangkok o a Singapur, multiétnica, multicultural, multirreligiosa y barrios ultramodernos al lado de otros anclados en la tradición.

Llegué al barrio de Chinatown donde había reservado alojamiento que sin saberlo estaba en la calle más bulliciosa de la ciudad, Petaling Street, y con la mochila a la espalda y el típico shock producto del cambio de país, el bullicio de sus calles, etc., me costó un buen rato encontrar el hotel. Tras preguntar a veinte o treinta personas lo conseguí.

De momento lo que más me está gustando de Kuala Lumpur es su gastronomía, no paro de picar y probar cosas en un sitio y otro, es como ir de pinchos por Bilbao pero al estilo oriental y lo mejor son los puestos callejeros, comida baratísima, variada, abundante y exquisita. Uno de los platos que me ha encantado ha sido las ancas de rana con salsa agridulce y anacardos, mmmmhhhh, deliciosas.

Y dentro de un par de días vuelo hacia la isla de Borneo, la cosa promete. Perdonad si he dejado el blog un poco olvidado las últimas semanas, pero es que en Arugam Bay apenas he tenido tiempo para mí sólo. Me encanta tener unas horas de soledad, pensar, escribir, leer, escuchar música, pero en Sri Lanka las pocas horas que he podido disfrutar en solitario han sido para dormir.

jueves, 10 de junio de 2010

ARUGAM BAY






Arugam Bay, un pequeño paraíso en la costa este de Sri Lanka, uno de esos lugares repartidos por el planeta que hay que apuntar en nuestra agenda mental. Pura naturaleza, un ritmo de vida muy tranquilo, gente encantadora, pescado fresco y una derecha larga y facilona, ¿qué más se puede pedir?... Quizás que fuera una izquierda, pero bueno, tampoco nos podemos quejar.

Arugam Bay, un pequeño pueblo de pescadores ubicado una región azotada por la guerra hasta hace bien poco supo vivir al margen de tanta violencia como pudo, incluso resurgió del devastador tsunami del 2004, y desde siempre conviven en armonía cingaleses, tamiles y musulmanes. Está claro que la gente de a pie tiene más maña a la hora de buscar soluciones para facilitar su convivencia, cuando meten baza los políticos es cuando todo se va a la mierda.

lunes, 7 de junio de 2010

COLOMBO


Aparte del famoso detective de la gabardina grasienta, Colombo es la capital de Sri Lanka. Una ciudad de unos dos millones de habitantes pegada al Oceano Indico y que ocupa unos doce kilómetros de longitud a lo largo de la costa entre los antiguos barrios de Fort y Petta al norte y el lujoso Mt. Lavinia al sur.

Lo primero que me llamó la atención de Colombo es que tiene grandes aceras y paseos pensados para los peatones, los coches respetan los pasos de cebra, usan los intermitentes, apenas tocan el claxon, los motoristas llevan casco y se ven por toda la ciudad contenedores para reciclar vidrio y papel. Todo ésto os parecerá de lo más normal, pero después de viajar ocho meses por Nepal e India a mí me pareció sorprendente, y más tratándose de un país pobre en los que normalmente no están concienciados en estos temas.


Aunque también me llamó la atención la imponente presencia militar. Por todas las esquinas se ven checkpoints del ejército con barricadas hechas de sacos de arena y soldados fuertemente armados, y es que sólo hace un año que terminó una guerra civil de venticinco años entre la mayoría cingalesa y la minoría tamil. Y tanto soldado implica que en muchos sitios interesantes no puedas sacar fotos porque son considerados estrátegicos y cada dos por tres te dicen que guardes la cámara en la mochila.

El norte y nordeste de la isla todavía andan bastante destrozados, las carreteras siguen cortadas, las infraestructuras inutilizadas y los controles del ejército deben ser bastante exhaustivos y agobiantes por lo que no creo que visite esa zona. allí es donde viven la mayoría de los tamiles, los perdedores de la contienda y todavía faltan un par de años para que los viajeros se puedan mover con facilidad.


La suerte sigue acompañándome en mi viaje, quizás sea la protección del dios Ganesha que en más de una ocasión me ofrecieron en la India, y el caso es que sin saberlo llegué al país cuando se celebraba su mayor fiesta. En Sri Lanka son mayoritariamente budistas y en la luna llena de Mayo se celebra el nacimiento y la iluminación de Buda.

Al principio no me hizo mucha gracia porque me encontré todos los comercios cerrados durante un par de días y tenía intención de aprovechar mi llegada a una capital civilizada para buscar una tienda de fotografía decente donde pudieran limpiar a fondo mi cámara de fotos, la pobre está llena de mierda después de tanto trajín y necesita pasar la ITV. Tendrá que esperar a llegar a Kuala Lumpur.


Pero en cuanto vi el fiestorro que tenían organizado por toda la ciudad cuando caía la noche mi ánimo subió y me dejé llevar por todo aquel maremagnum de gente. Todo el mundo se dedica a fabricar lámparas de papel con velas en su interior, algunas gigantes como las que podéis ver en una de las fotos, y los vecinos montan chiringuitos en las calles donde invitan a comer a todo el que pasa por allí, hay música, bailes, representaciones de teatro, y todo ello en un ambiente encantador donde al ser de los pocos extranjeros que se veían por allí todo el mundo me invitaba a su particular fiesta.

Al principio no encontraba ningún rickshaw libre para ir al centro, pero iban llegando a la ciudad camiones con las remolques llenos de gente desde los pueblos de alrededor, así que me indicaron que subiera a uno de ellos y allí mismo empezó mi particular celebración de la fiesta del Vessak. La comida en Sri Lanka es deliciosa y al momento me ofrecieron arroz con curry, pinchitos de pollo, de pescado, gambas, dulces, zumos, café... una gente encantadora. Eso sí, el alcohol durante esos días estaba prohibido para evitar el desfase del personal.


Y por el momento sigo encantado en este país. En principio tengo un billete para ir a Malasia a final de mes, pero ya veremos, igual vuelvo a Colombo a extender mi visado. Después de la capital tiré hacia la costa sur, una maravilla, y ahora estoy en un pueblito encantador de las montañas del centro de la isla. Mañana seguiré viaje hacia la costa este, hacia Arugam Bay concretamente, donde en esta época están en temporada alta ya que allí no llegan los monzones del suroeste, y hay cantidad de olas perfectas para surfear, de todos los fondos y todos los tamaños. A ver que tal responden mis articulaciones. Besos para todos.