miércoles, 24 de noviembre de 2010

RANGOON


Ahora se llama Yangon, pero yo prefiero llamarla Rangoon, toda la vida ha sido así, hasta que a algún caprichoso de la junta militar se le ocurrió llamarla de otra forma. Ya habían cambiado el nombre del país en 1988, de Birmania pasó a ser Myanmar, decían que lo de Birmania era un vestigio de los colonizadores británicos. Y ya puestos decidierón que el legendario río Irrawaddy pasaría a llamarse Ayeyarwaddy. Pero a mí me siguen gustando más los nombres antiguos, y son los que utilizo en este blog, además suenan más míticos.


Rangoon es la ciudad más poblada del país con unos cinco millones de habitantes y fue capital de Birmania hasta que en 2005 la junta militar se inventó una nueva: Naypyidaw, una fantasmagórica urbe recién creada que todavía se encuentra en construcción. Unos sostienen que trasladaron la capital al centro del país para aislarse todavía más, otros aseguran que allí están más cerca de los conflictos con las diferentes etnias de la zona, y los militares dicen lacónicamente que tomaron esa decisión tras consultar con los astrólogos.


Naypyidaw está habitada únicamente por militares y funcionarios. Prácticamente todo el que trabajaba para el gobierno fue obligado a abandonar Rangoon y establecerse en la nueva capital. Poco a poco fueron trasladándose sus familias y se van construyendo áreas residenciales, parques, centros de educación, de sanidad. Muchos critican ese inmenso derroche presupuestario que sólo favorece a las élites del país. Por no hablar del absurdo hecho de crear una ciudad donde no había nada obviando las verdaderas necesidades de los birmanos. Sobra decir que Naypyidaw es una ciudad fantasma donde no se permite el acceso a los extranjeros, tampoco nos perdemos nada.


Pero Rangoon sigue siendo el centro económico, social y cultural del país, y ahora que las fronteras terrestres están cerradas su aeropuerto internacional es el único punto de acceso. Nada más llegar a Rangoon tu mente se traslada a mediados del siglo pasado, parece que no haya cambiado nada, te invade una sensación de decadencia y abandono. Y se notan los efectos de las sanciones económicas de los principales países occidentales, unas sanciones que como siempre sólo perjudican a la gente de a pie.


Las mujeres con su thanaka, los hombres con sus longyi, un pareo de color oscuro que visten desde los parias callejeros hasta los ejecutivos, muchos campesinos llegados de las montañas en busca de una oportunidad de vivir mejor, monjes y monjas, barrios y mercados indios y musulmanes, comercios chinos, cientos de pagodas budistas y una evidente sensación de estar en una ciudad destartalada.


Los coches andan de milagro, trozos de chatarra que no pasarían una revisión ni de lejos. El transporte público es tan variado como caótico, desde viejos autobuses chinos hasta furgonetas, camiones, carros y triciclos. Llama la atención no ver una sola motocicleta, es la única ciudad asiática donde no corres el peligro de acabar arrollado por una de ellas. Según me enteré, uno de los generales tuvo un incidente de tráfico con una moto y no se le ocurrió otra cosa que prohibir su uso en todo Rangoon. De la noche a la mañana miles de personas se quedaron sin poder utilizar el único medio de transporte que tenían. Pero sin duda el colmo de los despropósitos es que se conduce por la derecha mientras que la inmensa mayoría de los vehículos también tienen el volante a la derecha. La colaboración del copiloto es decisiva a la hora de intentar cualquier adelantamiento.


El centro neurálgico de Rangoon se encuentra al sur de la ciudad, pegado al río y al golfo de Mottama. Desde sus muelles zarpan cada pocos minutos ferrys no menos destartalados que se internarán en el delta del Irrawaddy, llegando allí donde no hay carreteras. Las calles del downtown están bien organizadas, fruto de la herencia británica, barrios rectilíneos donde resulta fácil orientarse, no ya moverse, porque las calzadas están llenas de agujeros y las aceras son trampas mortales llenas de baldosas sueltas y cables eléctricos pelados colgando por todos lados. Además, las aceras se usan para montar puestos callejeros, amontonar paquetes o colocar inmensos generadores que suplen los constantes apagones de la compañía eléctrica del gobierno. Y cuando llueve no queda más que resignarse y caminar por la ciudad con el agua llegando a las rodillas.


En Rangoon todavía se pueden observar los vestigios de la época colonial británica en su arquitectura, preciosos edificios de estilo victoriano que languidecen por falta de mantenimiento, fachadas descascarilladas donde la vegetación se va abriendo paso entre sus rendijas. Y también choca ver imponentes edificios oficiales que ya no tienen ningún uso y se van pudriendo poco a poco. Cuando llevaron la capital a Naypyidaw simplemente sacaron todo lo que había dentro y se largaron.


Y cuando cae la noche llegan las tinieblas. El alumbrado público es inexistente y si no fuera por el empeño de hosteleros y comerciantes en poner algún florescente fuera de sus locales no se vería absolutamente nada. Eso sí, a las once de la noche todo el mundo a su casita, el gobierno ordena cerrar la ciudad a cal y canto a partir de esa hora y a nadie se le ocurriría incumplir la ley. Sólo permanecen abiertas un par de discotecas propiedad de militares o altos cargos del gobierno donde se emborrachan a diario las élites de Rangoon, no me apetecía nada conocer ese ambiente.


Pero si el downtown de Rangoon puede resultar un poco agobiante, el norte de la ciudad está lleno de zonas verdes donde destacan los lagos Inya y Kandawgyi, varios parques y sobre todo la pagoda de Shwedagon, la verdadera joya de la corona de la zona, quizás el complejo budista más espectacular que he visto hasta ahora en Asia.

En fin, que Rangoon no es un lugar de esparcimiento y descanso, pero es una buena primera toma de contacto para hacerse una idea de cómo funciona el país. Y al ser una ciudad mítica no deja de tener su encanto. Sus habitantes apenas hablan inglés, y no ves casi ningún occidental, pero los birmanos son tan encantadores que es una delicia mezclarte con ellos en sus calles, sus mercados, sentarte a comer algo o tomar una cerveza en sus chiringuitos callejeros, o subirte al techo de un camión sin saber exáctamente dónde te va a llevar. Todo el mundo estará dispuesto a echarte una mano.

2 comentarios:

Tegala dijo...

Oscar, como siempre me sumerjo en la lectura de tus post y me traslado un poquito (las fotos también ayudan, jaja).
Como siempre, gracias por traernos otros lugares, por dejarnos conocer otras experiencias.

Un abrazo.

OSCAR dijo...

Gracias Tegala, me gusta saber que a través de estas páginas pueda hacer volar la imaginación de la gente, al menos un poquito.
Un abrazo.