Mostrando entradas con la etiqueta MALASIA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MALASIA. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de diciembre de 2016

PASIR TENGKORAK, LA PLAYA DE LAS CALAVERAS


Hace unos años estuve por primera vez en Langkawi, una de las islas más conocidas de Malasia, situada en el mar de Andaman, junto a la frontera tailandesa, y la verdad es que no me llamó demasiado la atención. Fue una visita rápida, de un par de días, un lugar de paso de camino a Penang. Llegamos en velero desde Tailandia, atracamos en el puerto de Kuah, hicimos los trámites de inmigración y poco más. Kuah me pareció una ciudad llena de edificios altos de hormigón, una imagen que poco tiene que ver con lo que suponía iba a ser una isla tropical. Al día siguiente alquilamos un coche para ir a Pantai Cenang, la zona turística más concurrida de la isla y más de lo mismo. Un lugar masificado, una extensa playa poblada de hamacas, chiringuitos, motos de agua, para sailing, masajistas y vendedores de baratijas. Y paralela a la playa una calle llena de restaurantes, hoteles, tiendas de souvenirs y agencias de excursiones. Turismo globalizado en estado puro, ya habíamos visto bastante y no teníamos nada más que hacer por allí, andábamos justos de tiempo, volvimos al puerto y pusimos rumbo al sur.
 
Pero cualquier lugar del mundo se merece una segunda oportunidad, y sabía que Langkawi tenía mucho más que ofrecer, así que el mes pasado volví con Jhing y pasamos ocho días recorriendo la isla de cabo a rabo y disfrutando de cada rincón. Quitando ese par de zonas que he comentado antes, la mayor parte de la isla está muy poco poblada. Langkawi se abrió al turismo a mediados de los ochenta y sigue manteniendo su biodiversidad y su belleza natural, montañas cársticas y acantilados, gran variedad de fauna, jungla y bosques tropicales, cataratas, cuevas, manglares, llanuras y arrozales, y por supuesto unas cuantas playas que siguen manteniendo su estado natural y a las que no acude mucha gente. La pequeña playa de Pasir Tengkorak situada en el noroeste de la isla, rodeada de bosque húmedo tropical y muy cerca de la impresionante catarata de Temurun, se convirtió en nuestro lugar favorito para disfrutar de las aguas del mar de Andaman y finalizar así cada uno de esos días llenos de descubrimientos y actividades.

Pero antes de que en Langkawi entrara el turismo y se convirtiera en una zona libre de impuestos llena de comercios duty free, era una isla con mala fama muy temida por los malayos y considerada maldita debido a la cantidad de leyendas terroríficas relacionadas con brujería y malos espíritus que han ido pasando de generación en generación, no eran muchos quienes se atrevían a adentrarse en sus bosques.

Y varias de esas leyendas tienen su origen en Pasir Tengkorak, cuyo nombre traducido al español quiere decir arena de calaveras. Hay diferentes historias sobre el asunto, pero lo que es cierto es que a mediados del siglo pasado se encontraron en esa playa cantidad de calaveras y todo tipo de huesos humanos.

La primera leyenda es típica en esas historias navales de hace siglos que se propagaban por todos los mares del planeta y hablaban de monstruos marinos y calamares gigantes que destrozaban y engullían cualquier nave que pasara por allí esparciendo los cadáveres que llegaban hasta la orilla. Otros barcos acababan en el fondo marino hundidos por remolinos de grandes dimensiones.

La segunda historia tampoco es que sea muy creíble, pero tiene su toque mítico y narra la gran batalla que tuvieron en una isla cercana Garuda y Jentayu, dos dioses del hinduismo con forma de aves gigantes. La batalla fue tan intensa y duró tanto tiempo que ninguno de los fieles guerreros de ambos bandos sobrevivió en la lucha, apareciendo sus cadáveres en Pasir Tengkorak traídos por las mareas.

Las siguientes historias tienen algo más de lógica y son más actuales siendo las que gozan de mayor credibilidad. En las fotografías se puede observar a unas cuatro millas de distancia la isla tailandesa de Tarutao. En los años treinta del siglo pasado era una prisión y muchos de los condenados que allí se encontraban intentaban huir a nado. Era la única forma posible para conseguir su libertad, pero tenía mucha más dificultad de la que podían imaginar. Parece ser que ninguno de ellos tuvo éxito y todos acababan ahogados a causa del cansancio, las corrientes o los ataques de tiburones. Poco a poco sus cuerpos iban llegando a Pasir Tengkorak.

La cuarta leyenda habla de los piratas que abundaban en esa parte del mar de Andaman escondidos y protegidos por tanta cantidad de islotes y bahías en las que fondeaban esperando a sus víctimas. Una vez que abordaban un barco se quedaban con lo que realmente les interesaba, cualquier tipo de mercancía era valiosa, no así la tripulación de sus naves quienes eran tirados por la borda vivos o muertos para que una vez más las corrientes y mareas dejaran varados sus cuerpos en la playa.

En una playa tan idílica y tranquila resulta difícil imaginar que ocurrieran estas historias para no dormir. Cada uno que se quede con la leyenda más lógica, o con la que más le guste, pero lo que está realmente verificado son todos esos cadáveres que allí fueron apareciendo. Y quizás se nos ponga la piel de gallina al pensar que en ese lugar de aguas cristalinas su arena blanca esté compuesta de la erosión de coral, crustáceos y... huesos de seres humanos.
 

jueves, 18 de agosto de 2011

UN BIZCOCHO LLAMADO KEK LAPIS


El kek lapis es una de esas joyas gastronómicas que he descubierto en mis andanzas por Asia, una delicatessen que se puede degustar en Borneo, concretamente en la provincia malaya de Sarawak. Se puede encontrar en mercados callejeros, supermercados, tiendas de souvenirs y hasta en aeropuertos. Y es que para muchos turistas asiáticos salir de Borneo sin comprar unos cuantos kek lapis es como para nosotros ir a Mallorca y no traer ensaimadas.

No deja de ser un simple bizcocho, pero ¡qué bizcocho!, y como se puede ver en la foto entra por los ojos nada más verlo debido a su presentación y diseño. En principio se hacían para festivales, acontecimientos culturales o celebraciones religiosas, pero adquirieron tanta fama que hoy en día forman parte de la cultura gastronómica de Sarawak.

Basicamente el kek lapis es un bizcocho como otro cualquiera y sus ingredientes principales son huevos, leche, mantequilla y aceite. Pero para rizar el rizo se intercalan capas formadas por figuras geométricas y vivos colores formados por extractos de frutas, flores, plantas o semillas.

Son baratos y nutritivos, y tienen la ventaja que se conservan mucho tiempo tiernos y esponjosos por lo que durante mi estancia en Borneo nunca faltaban un par de kek lapis en mi mochila. Apetecen a cualquier hora como aperitivo y también se pueden mojar con el café para desayunar.

Los que se ven en supermercados y tiendas de recuerdos se producen en las típicas fábricas de bollería industrial y llevan colorantes, edulcorantes y conservantes químicos, así que mi consejo es que quien pase por Sarawak los compre en los mercados callejeros. Allí se siguen haciendo de forma artesanal con productos naturales y se puede ver cómo van intercalando una capa tras otra, un trabajo de chinos (o malayos en este caso). Además, siempre tienen unos cuantos cortados en pequeños trozos para que el consumidor pueda probarlos y elegir entre diferentes sabores.

miércoles, 27 de julio de 2011

DE NUEVO EN ASIA


Pues sí, ya estoy otra vez en mi querida Asia. Después de cuatro meses en Occidente parece que algo me tira de nuevo hacia Oriente. ¿Serán sus atractivos naturales, sus tradiciones, su gente, su gastronomía, su cultura, su ritmo de vida, lo barato que resulta a nuestro bolsillo...? Agítese todo ésto un poco, mézclese bien y ya tenemos el resultado, rico ¿verdad?, a mí desde luego me encanta y por eso he vuelto.

Además no me debieron bastar los dieciocho meses seguidos que pasé recientemente y quiero más. Esta vez quiero tocar Filipinas, algunas islas de Indonesia y después ya se verá. Para empezar voy a pasar dos meses en Tailandia descubriendo sitios que no conozco y repitiendo algunos que me han marcado bastante y de paso aprovecharé para visitar buenos amigos.


Llegué ayer a Kuala Lumpur y la ciudad me recibió con la típica bofetada de calor y humedad bestial propia de la estación de los monzones del suroeste en la que nos encontramos. Apenas pegúe ojo en las trece horas que dura el vuelo entre Londres y Malasia por lo que llegué con un jet lag espantoso. Unicamente salí a dar un pequeño paseo por Chinatown y me senté en una terraza a cenar unas ancas de rana con salsa de ostras mientras veía desfilar el bullicio delante de mis narices. Tras dormir doce horas del tirón mi cuerpo se va asentando al cambio.

Estoy alojado en el barrio viejo, Chinatown, concretamente en Petaling Street, donde existe una de las mayores aglomeraciones humanas del sudeste asiático. Esta mañana me he acercado a Jalan Ampang, a la embajada de Tailandia para solicitar un visado de turista de dos meses y mañana por la tarde me lo dan, así que no me queda mucho que hacer por aquí. Ya conocía Kuala Lumpur de antes y no es que me entusiasme demasiado, para mi gusto nada que ver con mi amada Bangkok así que dentro de un par de días tiro para Tailandia.

martes, 21 de septiembre de 2010

CONTRABANDISTAS DE PAÑALES


Dejé Malasia nada más empezar el ramadan, no es que fuera esa la causa, pero el cuerpo ya me estaba pidiendo pasar a Tailandia. Pasé mis últimos día malayos en Kota Bharu, una ciudad cerca de la frontera cuyo único interés radica en que hay un consulado tailandés donde te expiden un visado de turista para sesenta días de un día para otro y sin coste alguno.

Por lo demás, en Kota Bharu se respira ese mismo aire en el ambiente que hay en cualquier lugar fronterizo, un espacio gris, algo deprimente, sucio, lleno de horrendos edificios y gente ocupada comprando y vendiendo. Además, en esta parte de Malasia apenas hay comunidad china y el islamismo es más pronunciado y cerrado. Sólo hay un lugar donde poder tomar una cerveza, el único restaurante chino de la ciudad, siempre ocupado por los borrachines del lugar y por occidentales de paso, casi todos yendo o viniendo de las islas Perhentian.

Curiosamente, en ese restaurante se estableció un nuevo record guiness de este viaje: el del mayor trasiego de ratas visto hasta el momento. Eran un no parar, entrando y saliendo de la cocina como Pedro por su casa a los ojos de todos los comensales. Y a la gente no parecía importarle mucho. Los dos días que pasé por allí no probé bocado, me limité a tomar unas birras viendo que al menos estaban a salvo dentro del frigorífico.

El once de Agosto comenzó el ramadan y me cogió por sorpresa. Lógicamente me desperté después del alba y al salir a la calle me encontré con todo cerrado, como si hubiera toque de queda, ningún garito donde poder echar nada al estómago hasta que se pusiera el sol, horas de angustia e impotencia, basta que no puedas comer para que te entre un hambre irrefrenable. Al caer la noche me invitaron las recepcionistas del hotel a los típicos pastelitos y dátiles para la ocasión y salí a las calles dispuesto a comer hasta hartarme. Pero claro, no era el único, la ciudad entera se agolpaba frente a los chiringuitos callejeros, había que darse codazos para conseguir un satay de pollo.


Al día siguiente, ya con mi visado tailandés, me dispuse a cruzar la frontera. Me acompañaba Andrea, una catalana que había conocido en la infame Kota Bharu, compartimos viaje unos días, finalmente ella tiró hacia Koh Phi Phi y yo me decanté por Koh Lipe. Un bus nos dejó en el puesto fronterizo de Rantau Panjang en apenas media hora y de allí cruzamos a pata a Sungai Kolok, en Tailandia.

Me encanta la sensación de cambiar de país caminando, cruzar las fronteras a pie e ir saboreando poco a poco ese cambio, el paisaje sigue igual pero el paisanaje es diferente y los primeros momentos tu cerebro se los pasa ajustándose al cambio y percibiendo constantemente esa nueva cultura, esos gestos diferentes, moneda diferente, los saludos, la vestimenta, todos esos pequeños matices que nos dan una primera idea general del país al que entramos.

Además, los trámites fronterizos siempre son menos engorrosos que cuando llegas a un aeropuerto internacional. En el lado malayo había una mujer somnolienta en una caseta que nos selló el pasaporte casi sin mirarlo, y en el lado tailandés hasta nos invitaron a un té mientras rellenábamos el papeleo, bonita forma de entrar a un país, al país de las sonrisas en este caso.

Apenas había follón en esa frontera, ningún occidental y un ordenado trasiego de malayos y tailandeses. Los malayos, aprovechando su mayor nivel económico, pasan a Tailandia a divertirse y olvidarse unos días del escaso ambiente de su país, son muchos los interesados en el mercado de la carne, el sexo en Tailandia no es ningún tabú.

Y los tailandeses cruzan a Malasia a llenar el depósito de combustible de sus vehículos o a comprar bienes de consumo que sean mucho más baratos que en su país. Vimos a una docena de chavales que en un trabajo de equipo perfectamente organizado y con la colaboración de terceros pasaron un cargamento de pañales que no cabría en un camión. Los trajeron a la frontera en una flota de tuk tuks, después formarían una cadena para ir acercándolos al puente y desde allí los tiraban por encima de una valla mientras los aduaneros (previamente sobornados) se hacían los suecos. Al otro lado de la frontera otra flota de tuk tuks volvía a llevar el cargamento hasta la estación de tren.


Nos acercamos a la estación y en veinte minutos salía un tren hacia el norte, perfecto, cogimos billetes hasta Hat Yai donde pasaríamos un par de días. Era un tren bastante cutre, de los que paran en todas y cada una de las estaciones y apeaderos, unos bancos de madera corridos a lo largo de los vagones y nada más, pero el ambiente era buenísmo, musulmanes tailandeses de las provincias del sur sonriendo, saludando y excusándose por no poder ofrecernos nada para comer al ser ramadan.

Y en el mismo tren coincidimos con los contrabandistas de pañales, cuyo cargamento ocupaba casi un vagón entero. La red estaba perfectamente organizada, en cada una de las estaciones estaba esperando algún comerciante o ama de casa que les había hecho un pedido, tiraban directamente el paquete del tren al andén y cobraban allí mismo. A veces incluso tiraban la mercancía en campo abierto sin que el tren parara y siempre había alguien listo para recogerla,y en un par de ocasiones hasta nos pidieron que les echáramos una mano, allí estábamos nosotros moviendo paquetes de un lado para otro y participando involuntariamente de aquella operación de dudosa legalidad.

Cuando al cabo de unas cuatro horas el tren llegó a Yala, destino final de los chavales, ya tenían todo el pescado vendido. Por el número de paquetes y el número de pañales que había en cada uno calculo que venderían unos cuarenta mil pañales en ese rato, y según decían hacían ese viaje varias veces por semana. Deduje que los niños del sur de Tailandia eran especialmente cagones, si es que realmente eran pañales lo que habíamos estado manipulando.

El jefecillo de la cuadrilla, quien se pasó todo el trayecto con el movil pegado a la oreja dando órdenes y hablando con sus múltiples contactos, nos contó utilizando un léxico de broker internacional que se trataba de una operación más que rentable, el stock era ligero y manejable, la diferencia de precio del item en cuestión les permitía quedarse con un buen remanente de cash y sólo tenían que pagar una pequeña comisión, un feed back a los conductores de los tuk tuks, a un par de aduaneros y al inspector del tren para que les permitiera embarcar todo aquello.

martes, 3 de agosto de 2010

LOS TIGRES DE MOMPRACEM


Supongo que a los de mi generación les habrá sonado de algo el título de este post. Si rebobinan sus recuerdos hasta la infancia seguro que les ha venido a la cabeza Sandokan, el Tigre de Malasia, aquella saga de extraordinarias aventuras escrita por Emilio Salgari que muchos descubrimos gracias a una serie que echaban por televisión. En la escueta programación de aquella época era de lo poco que valía la pena y Sandokan junto a los dibujos animados de Meteoro nos tenía a muchos totalmente enganchados.

También estaban los Chiripitifláuticos, pero éstos me daban bastante grima. Valentina era una repipi sabelotodo, Locomotoro un loco de atar, el Tío Aquiles daba pena y al Capitán Tan se le notaba que no había salido de casa en su vida, a pesar de sus batallitas y de vestir siempre en plan safari, con su salakot y todo. No se salvaban ni los Hermanos Malasombra. Algo después, con la llegada de la tele a color, entraron en nuestras casas Mazinger Z y Pippi Calzaslargas, que no estaban nada mal. Por cierto, en aquella España gris y franquista resultaba de lo más extraño ver a Afrodita A, la novia-robot de Mazinger, lanzar sus tetas en forma de misiles al grito de "pechos fuera"; o ver a Pippi Langstrump, que siendo una niña vivía sola en una casa que te cagas, con un caballo y un mono dentro, en medio de un monumental desorden. Todos queríamos ser como Pippi, o al menos tener una novia así.

Pero volviendo al tema que nos ocupa, el caso es que Sandokan volvió a mi mente al llegar a Malasia, concretamente a Borneo. Sandokan era un príncipe borneano desposeído de su trono por los colonizadores británicos y dedicó el resto de su vida a la piratería junto a un grupo de fieles formado por indígenas dayakos recorriendo las islas del mar de Sulu, el de Célebes, el del Sur de China, el estrecho de Balabac y la península malaya, combatiendo a los ingleses con la intención de recuperar su trono.

Me habría gustado adentrarme en los escritos de Salgari descubriendo alguno de esos lugares que mencionaba, o incluso comprobar si siguen existiendo esos temibles piratas, pero la realidad es que Malasia ha cambiado mucho. Pasé por la isla de Labuan, donde se supone que vivía el portugues Yáñez, compañero inseparable de Sandokan, y donde también nació una mujer de exuberante belleza de la cual cayó perdidamente enamorado nuestro protagonista, la Perla de Labuan.

Pero Labuan hoy en día ha perdido ese romanticismo que reflejaba Salgari. No hay ningún testimonio que nos haga recordar a Sandokan. La isla es un estado federal dentro de Malasia con un estatus de zona off-shore, un paraíso sí, pero un paraíso fiscal donde establecen su sede cientos de bancos asiáticos, compañías de inversión y grandes corporaciones, con lo que la isla está llena de modernos edificios, hoteles de lujo y casinos. Su único nexo con el pasado es algún monumento que recuerda a los soldados australianos caídos durante la segunda guerra mundial mientras luchaban por liberar Borneo de los invasores japoneses. Y para mi desgracia tampoco me topé con niguna Perla de Labuan.


Y de la isla de Mompracem, aquel lugar que servía de refugio a Sandokan y sus tigres no hay ni rastro. Por más que pregunto a la gente local nadie sabe de su existencia, he buscado y rebuscado en mapas, en internet y en googlearth, pero nada, es como si se la hubiese tragado el océano. Parece ser que Mompracem sólo existió en la imaginación de Salgari, no son pocos los escritores que recrean lugares inexistentes y los describen tan bien que parecen reales, para esos son los dueños de sus libros y con su pluma pueden inventar mil mundos inimaginables.

Los piratas siguen existiendo, claro está, pero son piratas como los que vemos en las noticias relacionadas con Somalia, navegando en planeadoras con motores fuera borda de doscientos caballos y armados con kalashnikov. La verdad es que después de conocer a los dayakos me cuesta imaginarlos en papel de sangrientos corsarios, al principio pensaba encontrar gente con todo el cuerpo tatuado, llevando taparrabos y cazando con cerbatana, pero los dayakos del siglo XXI visten al estilo rapero y se pasan el día enredando con su teléfonos móviles y comunicándose por Facebook. Además son una gente encantadora, respetuosa, tranquila, educada y se desviven por que te encuentres a gusto y no te falte de nada.

Hasta hace pocos años años la zona de mayor actividad pirata se encontraba en el estrecho de Malasia, entre la península y Sumatra, por donde pasan todos los barcos mercantes y de recreo que van y vienen del subcontinete indio. Pero ante el mayor control y la cooperación entre Malasia, Singapur e Indonesia para erradicar el problema se han ido desplazando al este de Borneo. Allí existe un enorme entramado de islas e islotes donde las fronteras son difusas y la jungla llega hasta el borde del mar, ofreciendo un perfecto refugio natural para los piratas.

Estando en Sandakan, un lugar que al menos me recordó a Sandokan, quise acercarme por unos días al archipiélago de las islas Sulu, al suroeste de Mindanao y pertenecientes a Filipinas, pero me quitaron la idea de la cabeza. Al parecer no sólo están llenas de piratas, también hay una guerrilla musulmana que combate al gobierno filipino por la independencia de Mindanao, y lo que es peor, una adormecida base de operaciones de Al Qaeda cuyo principal pasatiempo debe ser secuestrar viajeros occidentales despistados. La verdad es que los piratas y la guerrilla me daban igual, podía mantenerme al margen de eso, pero cuando oí lo de Al Qaeda pensé: "ostras, viajero...occidental...despistado...¡ese soy yo!", y por una vez hice caso al sentido común.

jueves, 1 de julio de 2010

EL HOTEL "CHUNG-HIN"


Hace unos días, cuando llegué a Kuching, comenté que tenía la sensación de estar en una zona un poco cutre de la city. El caso es que llegué de noche y como el bus del aeropuerto me dejó cerca del barrio de Chinatown me metí en una de las callejuelas más animadas y entre todos los carteles con luces de neón se distinguían algunos donde aparecía la palabra "hotel".

Los tres primeros estaban llenos y como en el cuarto que pregunté quedaban habitaciones libres no me lo pensé, tenía ganas de dejar la mochila, darme una buena ducha, descansar un rato y salir a cenar. Pero me equivoqué, para empezar me soplaron quince euros (una barbaridad por estos lares) por una especie de nicho en el que cabía la cama y poco más. La ducha no funcionaba y cuando bajé a recepción a ver que pasaba me dieron un cubo y yo me quedé con cara de tonto pensando "y qué hago yo con ésto, ¿darle golpes a la tubería?". La recepcionista me dijo que efectivamente, había un "little problem" pero que si no me importaba cogiera con el cubo agua del lavabo y me lo echara por encima.

Bien, vale, no estaba para discusiones tontas y le hice caso, además tenía ganas de salir a dar una vuelta. Cuando volví por la noche me dí cuenta que había otro "little problem", el ventilador sólo funcionaba a máxima velocidad, así que tenía dos opciones: o dejarlo apagado y asfixiarme de calor o encenderlo y dormir agarrado a los bordes del colchón para no salir volando, ¡vaya nochecita!.

Por la mañana me desperté con un hambre de la leche y recordé que el desayuno venía incluído en el desorbitado precio. Bajé silbando al comedor esperando al menos un suculento buffet oriental y me encontré con unas cuantas de esas latas de noddles precocinados a los que hay que añadirles agua hirviendo para que se reblandezcan, ¡hombre, por favor, que no estamos de camping!. Ni siquiera había café y el té era agua de color marrón.

Automaticamente cogí la mochila y me largué a la busqueda de otro hotel, a ser posible en la esquina opuesta de la ciudad, y esta vez acerté. Me habián hablado de "Tune", una cadena de hoteles low cost que existe en Malasia y pertenece a la compañía aerea "Air Asia", un chollo que recomiendo, habitaciones impresionantes a precios de risa.

Pero cuando abandoné el hotel cutre me fijé en el cartel de la entrada para ver como se llamaba y ahí me dí cuenta del error que cometí. Se supone que un viajero hecho y derecho debe saber donde se mete y yo ni siquiera me había fijado en el nombre del hotel. El jodido antro se llamaba "Chung-Hin", y más que chunguín era chungo de cojones. Así que ya sabéis, si váis a Borneo mirad bien los carteles que aunque estén en una lengua extraña para nosotros hay veces que son bien explícitos y su nombre lo dice todo.

viernes, 25 de junio de 2010

EL MUNDIAL DE FUTBOL Y EL AGENTE DE INMIGRACION


Hace sólo unas horas que he llegado a Borneo procedente de Kuala Lumpur y la entrada ha sido bastante surrealista. Borneo es la mayor isla del sudeste asiático y la comparten tres países. Por un lado están los estados autónomos malayos de Sarawak y Sabah, al norte. Entre ellos se encuentra el diminuto sultanato independiente de Brunei, y al sur la provincia indonesia de Kalimantan.

He llegado en avión (no se puede llegar en barco) a Kuching, la capital de Sarawak, y aunque pertenezca a Malasia es necesario pasar un control de inmigración y poner un nuevo sello en el pasaporte. Y lo que pensaba que iba a ser un mero trámite se ha convertido en un interrogatorio en toda regla, parece que me he puesto en la fila del agente más quisquilloso.

Primero se ha mosqueado con la foto del pasaporte, en éste aparezco con pelo largo y afeitado y ahora mismo llevo el pelo corto y barba de un mes. Con el gesto preocupado me ha dicho que no me parezco en nada y yo le he dicho que bueno, que ya sabe, ando de vacaciones y no tengo obligación de afeitarme. Después ha examinado hoja por hoja todo el pasaporte y me ha dejado caer que eran unas vacaciones un poco extrañas, muchos meses viajando por diferentes países. Le he contestado que no era tan extraño, estoy disfrutando un período sabático e iba a viajar durante una larga temporada.

Pero de repente ha cambiado la cara de perro y me ha ofrecido una sonrisa de oreja a oreja diciéndome que cómo no había ido a Sudáfrica a animar a la selección española. Casi le contesto aquello de "la roja me la trae floja", pero he optado por ser diplomático y le he respondido que habría ido con mucho gusto pero estoy enamorado de Asia y siempre había soñado con visitar Borneo. Entonces, y a pesar de que detrás mío había una cola de gente del copón se me ha enrollado diez minutos contándome que Casillas no andaba fino, que Torres tampoco, que menos mal que está Villa, que el que más le gustaba era Puyol y que a ver si esta noche machacábamos a Chile.

Yo he dicho a todo que sí y le ha dado la razón en cada uno de sus comentarios. Aunque en Malasia puedes estar tres meses con visado de turista en el estado de Sarawak se supone que sólo puedes permanecer un mes, pero mi nuevo amigo aduanero me ha puesto un sello de noventa días y me ha dicho en perfecto español: "Bienvenido a Sarawak, viva España". Y yo, ejem, tragando saliva y diciendo "viva, viva...".

He llegado de noche y sólo llevo cuatro horas en Borneo, pero hasta el momento me ha chocado bastante. Uno se espera que nada más entrar en la isla te encuentres en plena jungla, pero Kuching es una ciudad ultramoderna y no sé si es que me he alojado en la zona más cutre ya que las calles están llenas de turistas chinos borrachos y golfas, y digo ésto con el mayor respeto hacia la profesión más antigua del mundo, pero en fin, no es un ambiente que me entusiasme demasiado.

Dentro de dos días cogeré un barco hasta Sibu y después continuaré navegando hacia el interior siguiendo el curso del río Rajang, al que llaman el Amazonas asiático. Espero que me siga acompañando la suerte porque los habitantes de las selvas de Borneo han sido caníbales hasta no hace mucho, de hecho siguen siendo conocidos como los cazadores de cabezas.

miércoles, 23 de junio de 2010

CAMBIO BRUTAL


Llegué ayer a Kuala Lumpur, capital de Malasia, después de nueve meses de viajar por el subcontinente indio y el cambio fue bastante brusco. Me despedí con mucha pena de Sri Lanka, sólo pasé un mes en esa paradisiaca isla y estuve tentado de quedarme más tiempo pero pensé que ya iba siendo hora de llegar al sudeste asiático. Además, a veces es mejor tomar la decisión de dejar un lugar en el que te encuentras a gusto antes de que llegues a cansarte, de esta manera te quedas con buenos recuerdos y siempre queda un motivo por el que volver.

En Arugam Bay pasé un par de las mejores semanas de mi nomadeo, hice surf a diario, me recuperé del desgaste de la India y disfruté de la compañía de buenos amigos, unos viajeros y otros lugareños, tamiles musulmanes en su mayoría. Arugam Bay es un lugar donde al de unos días notas el cariño de la gente y te sientes como en casa, un sitio verdaderamente especial. Hace más de veinte años estuvo en esta zona un buen amigo, dejémoslo simplemente en Juan porque no le gustan los protagonismos, y su perspectiva de la vida cambió después de ese viaje. Yo estaba seguro que si a Juan le había atrapado ese lugar a mi me ocurriría lo mismo, y así fue.

La pena es que una vez que llegué al este de la isla me apalanqué y deje de visitar otras zonas, como Sigiriya o Anuradhapura, pero bueno, no pasa nada, como ya he dicho tengo claro que volveré, y también tengo claro que este es un viaje en el que no tengo que batir records de kilometraje o de lugares visitados. Me gusta vivir al día, sin presiones ni metas, y donde me encuentro bien allí me quedo. Una vez que llevas tanto tiempo de viaje desaparece ese concepto del viaje en si mismo, simplemente se convierte en una forma de vida, en un nomadeo sin más, una sensación que me encanta, la de ir dando tumbos por el planeta según me vaya apeteciendo. El único peligro está en que Asia me gusta demasiado, me encanta este continente y me temo que mi futuro va a estar aquí, en alguno de esos lugares mágicos que estoy descubriendo.

El cambio de Sri Lanka a Malasia ha sido realmente chocante. Estaba cogiendo olas por la tarde y todavía mojado y ensalitrado me subí a una furgoneta, al de diez horas llegamos al aeropuerto, una cabezada en la terminal, otra en el avión... y de repente Kuala Lumpur. Malasia es uno de los países más prósperos de Asia y su capital me recuerda a Bangkok o a Singapur, multiétnica, multicultural, multirreligiosa y barrios ultramodernos al lado de otros anclados en la tradición.

Llegué al barrio de Chinatown donde había reservado alojamiento que sin saberlo estaba en la calle más bulliciosa de la ciudad, Petaling Street, y con la mochila a la espalda y el típico shock producto del cambio de país, el bullicio de sus calles, etc., me costó un buen rato encontrar el hotel. Tras preguntar a veinte o treinta personas lo conseguí.

De momento lo que más me está gustando de Kuala Lumpur es su gastronomía, no paro de picar y probar cosas en un sitio y otro, es como ir de pinchos por Bilbao pero al estilo oriental y lo mejor son los puestos callejeros, comida baratísima, variada, abundante y exquisita. Uno de los platos que me ha encantado ha sido las ancas de rana con salsa agridulce y anacardos, mmmmhhhh, deliciosas.

Y dentro de un par de días vuelo hacia la isla de Borneo, la cosa promete. Perdonad si he dejado el blog un poco olvidado las últimas semanas, pero es que en Arugam Bay apenas he tenido tiempo para mí sólo. Me encanta tener unas horas de soledad, pensar, escribir, leer, escuchar música, pero en Sri Lanka las pocas horas que he podido disfrutar en solitario han sido para dormir.