miércoles, 1 de octubre de 2014

VIETNAMITAS EN PALAWAN


Tras la caída de Saigón, en 1975, llegó a su fin la guerra de Vietnam. Las tropas del Vietcong establecieron la capital en Hanoi, en el norte del país, y comenzó una nueva era comunista que con el paso del tiempo fue acoplándose al capitalismo y poco a poco terminó abriendo sus fronteras a turistas y demás visitantes.

Pero durante el final de esa década fueron muchísimos los vietnamitas del sur que perseguidos por el nuevo gobierno o acusados de colaborar con los americanos decidieron huir de sus hogares antes de sufrir terribles represalias. Era difícil hacerlo por tierra e imposible por aire, así que la mayoría decidió de la noche a la mañana escapar por el mar del Sur de China, navegando con su familia en todo tipo de barcos sin rumbo fijo, sólo pensaban en perder de vista la costa y ya llegarían a algún otro lugar donde les acogerían y podrían empezar una nueva vida.

Muchos no tuvieron esa suerte, acabaron sus vidas en el mar sin llegar a ningún lado, deshidratados o muertos de hambre, o azotados por temporales y tifones que sus precarias naves no podían vencer. Otros llegaron a países vecinos del sudeste asiático como Malasia, Tailandia o incluso Hong Kong, pero no encontraron el recibimiento que esperaban. Nada más llegar, descubrieron que esos países pretendían repatriarlos a sus lugares de origen, a pesar de las fatales consecuencias que tendría aquella vuelta al nuevo Vietnam. Fueron muchos los que suicidaron antes de sufrir esa pesadilla.

Pero unos cuantos centenares tuvieron la fortuna de llegar a Filipinas, concretamente a la isla de Palawan. Tras muchos días de navegación, el viento y las corrientes les llevaron a desembarcar en Port Barton, una pequeña bahía en el oeste de la isla que hoy en día sigue siendo un lugar idílico, paradisiaco y tranquilo. Un pequeño pueblo habitado por pescadores y agricultores donde los viejos ven pasar la vida a la sombra de los cocoteros y los niños juegan y ríen en sus callejuelas de arena blanca.


Y cuando los habitantes de Port Barton vieron llegar a la playa a toda esa gente cuyo idioma no entendían ni siquiera se preguntaron quiénes eran, de dónde venían o si tenían papeles en regla, nunca les educaron para que llamaran ilegales a otros seres humanos. Comprobaron que eran personas con rasgos físicos muy parecidos a los suyos y que estaban desesperados, tenían miedo, hambre y sed.

Al instante decidieron acogerlos en la escuela del pueblo, los niños podían seguir recibiendo sus clases al aire libre, pero los recién llegados necesitaban un techo. Y a pesar de que los palaweños son gente humilde a la que no les sobra nada todos pusieron su granito de arena para ayudar a los vietnamitas. La escuela se llenó de comida, ropa limpia y seca, y hasta rudimentarios juguetes y chucherías para los niños.

Cuando pasados unos días los nuevos habitantes recuperaron su salud y sus sonrisas, llegaron las autoridades de la isla desde Puerto Princesa. No es fácil llegar a Port Barton desde la capital, sobre todo en temporada de lluvias cuando la carretera de tierra que cruza la jungla de este a oeste se encuentra prácticamente anegada por el agua, el barro y los deslizamientos de tierra.

Finalmente, y con el permiso de Manila, se tomó una decisión. Palawan era y sigue siendo una isla con muy pocos núcleos de población, la mayor parte sigue virgen, una costa desierta a cada lado y una espina dorsal formada por montañas y jungla. Un paraíso donde no faltan recursos, tierra fértil y buena pesca. Aquellos vietnamitas podían quedarse a vivir allí, con un poco de ayuda podían construir humildes casas de bambú, ratán y hoja de palma. Aprovecharían el agua de cualquier río, labrarían la tierra y cultivarían arroz para obtener su sustento.


Dicho y hecho, a unos quince kilómetros de Palawan establecieron una comunidad que con el tiempo llegó a tener hasta dos mil refugiados vietnamitas y le pusieron el nombre de Viet Ville, un pequeño pueblo con calles ordenadas y limpias, jardines, árboles para ofrecer buena sombra, una pequeña iglesia católica y un templo budista.

Aunque como se puede ver en las fotos casi no queda nada de Viet Ville, el pueblo está casi abandonado y sólo quedan cuatro o cinco familias viviendo en alguna de sus destartaladas casas. La mayoría de los refugiados consiguieron con el tiempo asilo político en lugares como Estados Unidos o Canadá y comenzaron su emigración al "primer mundo".

Pero se sigue recordando con cariño la excelente relación que se estableció entre palaweños y vietnamitas. Me comentan que jamás tuvieron ningún problema con la gente local, eran buenos trabajadores y gente formal que no se metía en líos, además se integraron muy rápido en la cultura y el modo de vida filipino e incluso se preocuparon de aprender y hablar tagalog. Por otro lado, son muchos los refugiados emigrados que siguen en contacto con sus amigos palaweños, nunca olvidarán lo que hicieron por ellos y sus familias cuando llegaron a la isla sin nada, totalmente desesperados.

Y yo sigo disfrutando en Palawan de una de las herencias de estos vietnamitas, su gastronomía. Su cocina tiene fama mundial y es de las más variadas del sudeste asiático, así que algunos de los refugiados supieron sacar provecho del asunto y montaron cantidad de restaurantes que años después siguen teniendo gran éxito entre palaweños y visitantes. Se pueden encontrar en toda la isla restaurantes de comida vietnamita llamados chaolong... pero será otra historia que ya iré contando.


2 comentarios:

V(B)iajero Insatisfecho dijo...

No conocí esta colonia vietnamita (que describes tan bien) pero sí conocí otras maravillas de Palawan. Por ejemplo, El Nido. Interesante zona. Y más: interesante isla, donde llegué en avión desde Cebú. ¿Tú te mueves en barco de isla en isla?.
Disfruta ¡campeón! de esas islas que son una maravilla.
Un abrazo,

Oscar Presilla dijo...

A veces me muevo en barco y otras en avión, depende la situación.
Me encanta viajar por mar, pero a veces y por cuestiones de tiempo o climatología sale mejor volar, y ya sabes que con las low cost se han abaratado mucho los precios.
Un abrazo.