miércoles, 19 de marzo de 2014

UN FUNERAL FILIPINO


Las noches en El Nido son agradables, como en cualquier zona de clima tropical. La temperatura disminuye, no hace tanto calor y nos gusta sentarnos un rato en la terraza de nuestra pensión, una pequeña liturgia que casi siempre practicamos. Allí tomamos un par de cervezas, charlamos, escuchamos algo de música y observamos el languidecer del pueblo, las calles adormecidas, los pocos paseantes que se ven a esas horas.

Ayer, cerca de medianoche, había más movimiento del habitual. Unos metros más allá de donde nos encontramos unos cuantos vecinos celebraban una reunión. Un bulbo daba luz a los asistentes y varias sillas se esparcían en la calle para dar descanso a la gente. Tras preguntar a una cría, Jhing me explicó que se trataba de un velatorio, había fallecido una anciana en nuestro barangay, nuestro barrio.

Las mujeres hablaban de sus cosas, mientras los hombres compartían tragos de tuba, el típico aguardiente local de agua de coco, ron Tanduay, o litronas de cerveza Red Horse. Me pareció escuchar una especie de letanía y pensé que alguien estaba rezando un rosario, hasta que tras afinar mis oídos me di cuenta que entendía, aquellas palabras sonaban a español y decían algo así como "ocho... doce... sesenta y cinco... diecisiete... ventidos... catorce...", ¿qué narices era eso?, ¿de qué hablaba esa gente? De repente alguien elevó el tono de voz y dijo "bingoooo...". Joder, estaban jugando al bingo en pleno funeral, ya sé que suena extraño y surrealista, pero es una tradición obligatoria en cualquier velatorio filipino.

Al contrario que en otros países del sudeste asiático donde predominan el budismo o el islamismo, la inmensa mayoría de los fílipinos son católicos hasta la médula, otra herencia de la colonización española. En Filipinas las iglesias se abarrotan durante las misas dominicales y es muy corriente ver a la gente rezar antes de comenzar a comer. Pero es un cristianismo algo tropicalizado, mezclado con tradiciones indígenas y dando la misma importancia a espíritus y fantasmas que a la santísima trinidad.

Cuando alguien fallece se embalsama el cuerpo y se mantiene en la casa familiar entre una y dos semanas, o el tiempo suficiente para que pueda ser despedido y visitado por familiares, vecinos y demás allegados. Y durante todo ese tiempo se monta una buena fiesta, dicen que el espiritu del difunto tendrá un futuro mejor viendo cómo se le homenajea.

La casa familiar está abierta las venticuatro horas del día y se ofrece comida y bebida. Además, nunca falta la música ni el bingo o los juegos de cartas. Todos los asistentes apuntan su nombre en un registro y donan algo de pasta para cubrir los gastos del hospital, la misa y el entierro. Y no se observan lágrimas o lloriqueos, más bien cachondeo.

Y tras un montón de días acaba el curioso velatorio y realizan la marcha fúnebre desde el hogar del finado hasta la iglesia y el cementerio. En esta ocasión los asistentes visten sus mejores galas, caminando a paso lento detrás de los curas, el ataud y los familiares. Desaparece la música festiva y se sustituye por una más acorde y seria al momento. Aquí ya podemos ver a la gente soltando lagrimillas, no sé si es porque ya no verán nunca más al fallecido o porque el fiestorro ha llegado a su final.





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